miércoles, 21 de enero de 2009

Gracias Perico (1)


Por Óscar Malca

Viernes
Partimos a las 11 de la mañana. Luigui nos recibe con una enorme sonrisa cómplice. Nos cuenta que tiene que ir a Lima; un asunto de faldas que jala siempre. Nos deja un grueso paco de furys, maricucha, muggles, c. sátiva. Su sitio es una casa a medio construir.
Un quiltro.
Con Kart compramos provisiones y más o menos desde la tardecita fluímos en torno a una prolongada charla y lectura en alta voz (algo del Tao, Mariátegui, Krishnamurti): unos seis tronchos. Ludwig se quita ya cayendo la noche. Comemos arroz aguado con alverjitas. Dormimos muy tarde completamente abotagados.


Sábado
Temprano, antes del desayuno, un mañanero: el cosquilleo delicioso del vicio. Luego otro. Un exiguo desayuno es limpiamente devorado. Aparece una botella de cañazo para beber todo el trayecto. Y fumos. Se leen los últimos textos de Juan Carlos y otros papeles.
Vapores de alcohol rectificado y yerba del Señor inundan la habitación por encima de los huesos principales. Recuerdo dos horas completas con el ‛espanto de la lucidez’. Enajenado mi cuerpo en su élan, su imagen acaso. Estoy lejísimos: estamos: buen swing de diálogos con Charly.
Le tiro una piedra al quiltro y aúlla.
A la bodega vamos lo menos unas ocho veces durante el día; la última a las diez, a comprar pan. El día se hace larguísimo. Una hamaca sirve para algunos cómputos importantes. Se habla de mujeres también –buenas mulas–, y de sucesos ‛feos como pinzas de cangrejo’. Anocheciendo subimos a la azotea a fumar el último joint, a contemplar las moles de tierra, compactas, inmóviles. Y el negro cielo encima. Se escaló también temerariamente, algunos muros. Casi al final de la jornada se degluten unos apoteósicos tallarines. Somos un par de fantasmas que tratan de comunicarse desde otros referentes. Ahí la yerba.


Domingo
El Lucho regresa por la mañana algo maltratado por el peso de una ruptura, al parecer. Cortamos el Sanperico de su patio y lo pelamos bajo el límpido y acerado sol. El cielo: ‛la serena quietud de la belleza’. El brebaje hierve en el perol sobre el fuego. Lo dejamos para ir al río a bañarnos, que estamos sucísimos. El río se mueve con gran torrente: fuerza nos transmite ese torrente, dice Lucho Ludwing. Yo la siento. Al regreso tiramos una siestecita. A las cuatro tomamos el Perico. Yo me zampo doble ración: la necesito como algo que me queme, me purifique. Inclusive la muerte, como dice el vals, quiero morir soñando. Creo que hago notoria mi desesperación de sentir algún impacto interior: don Luis se da cuenta y no sé que me dice.
Gran conversa entre los tres: Dios, la filosofía oriental, las posibilidades del rizoma: excelentes cómputos. Lucho lee textos suyos. Carlos le dice algunas cosas interesantes. Estamos bajo techo cuando comienza la reventazón. Con el Lucho iniciamos un experimento de los que hacía Stockhausen: en habitaciones distintas cada uno se manda un rollo con instrumentos: el toca una quena que conoce más o menos y yo, uso mis intuiciones sonoras con una zampoña. La experiencia fascina y de pronto nos convertimos en música, fluidez, sonido, fuerza: yo me disuelvo en un cántico que brota y me atrapa por completo. Luigui prosigue con su quena, yo tocando y cantando. No nos detenemos; somos una intensidad. Una intensidad sonora, vital, lumínica. Recuerdo que en un determinado momento empiezo a articular palabras y luego frases. Charles se incorpora con una lata para percusión; algo que no comprendemos nos envuelve. En eso, Lucho Ludwig enciende un gran fuego con pasto seco: hacemos música y con el fuego (un viejo amigo por lo demás) se produce un gran diálogo. Humo negro en ‛este limbo espeso como la brea’. El quiltro (también le dimos Samperico) ladra y se loquea con Carlos. Trato de arranchar sonidos de una botella; me retiro al cabo de un rato estoy en la hamaca: no resisto la tentación de empujarme medio vaso más. Necesito, necesito fuego, ya lo dije. En la hamaca, meciéndome, nuevamente soy atrapado por esa fuerza policroma. Recomienzo el canto. Algo sucede con la vela encendida; suena de un modo extrañó. Cesa el sonido, grito algo.
Entramos al cuarto de Ludwig, gastados, muy desgastados: son como las nueve y media. Decidimos ir a Chosica a comprar grass. Camino al paradero un enorme perro corre ladrando hacia nosotros; cuando está suficientemente cerca frena violentamente, entorna desquiciado los ojos y se quita aullando. Nosotros estábamos inmóviles. Ya en Chosica subimos a un cerro donde vive el pata de la merca y mientras esperabamos que don Luis haga el pase, con Carlos somos presa de una visión: una hembrita, con olor a concha, se la pasa modelando para nosotros, para nuestros alelados ojos. Orgasmo en ciernes.
Fumamos y se camina por la vieja Chosica, recorriendo notables caserones. Comemos cancha. Falta pelpa para fumar. El Federico continúa estragando nuestra racionalidad, que ya nicagando lleva ese nombre. Somos entes corpóreos, eso es todo. La hierba multiplica su poder.
Acordamos regresar a pie, por los cerros. Nos detenemos en un quiosco a tomar chicha barata. ‛Esto es un asalto’, le dice el Lucho a la huraña anciana. Bebemos y no deja de mirarnos, muy fijamente.
Los cerros están repletos de quiltros en manada; perros como mierda. Enfrentamos unas doce jaurías en medio de la oscuridad fácil de tocar con los dedos. Impenetrable. Sólo la luna. El Luis le acierta a un perro con una roca. Caminamos golpeando piedras con las manos descoloridas y tensas. Creo que se habla algo sobre la mente, el ser, dios, la totalidad. Delirios. El vasito que me tiré al final comienza a hacerme sentir el trayecto.
Llegando, al intentar trepar un muro, el Lucho se tira de cabeza desde lo alto. Persiste la incógnita de si fue un accidente. Pase de vueltas. Es tardísimo. Metemos una dislocada variedad de ingredientes en una olla, tapamos y dejamos hervir; otro joint. La hamaca. Nuevos cómputos. La olla…
Devoramos. Luego lectura de Juan Ojeda, Lucho Hernández, Moro, Valderomar, Guzmán.
Han transcurrido horas de grosor inconmensurable.


Lunes
Partimos con Carlos a Lima. Agotados. Permanece la intención de volver y, aumentando la dosis, emprender otra experiencia similar. ¿Hallé lo que buscaba? No lo sé. Pero definitivamente siento que algo le debo al Perico.
Gracias Perico.


(1)Tomado del fanzine Amor y anarquía. Antiquilla: febrero y marzo, 1983.

martes, 20 de enero de 2009

Wantan (1)


Por Fernando Rivera (2)

Salieron del cine junto con la bocanada de gente que inundó la calle. Caminaron silenciosos de la mano, despejando las imágenes de desierto que todavía nublaba su visión, y se detuvieron un momento en la plaza Bolognesi. Agobiados por el calor nocturno de diciembre, que consumía el aire y extendía una fatigante sensación de ahogo.
Entonces Lino sintió una ligera presión en la mano, y vio a Zoila recuperar la vista de la lejanía. Supo que se disponía a comentar algo.
–¿Crees tú, Lino, que habrán logrado escapar? –le preguntó.
Lino, que llevaba una barba desordenada y rala, intentó reflexionar por un instante. Subió la mirada por el tronco pelado de una de las palmeras de la plaza hasta el follaje, como recién se diera cuenta de lo alta que estaba, y respondió sin más.
–No sé –dijo–, terminaron así para hacer pensar a la gente.
–Pero no tenía agua –insistió Zoila–, ella se tomó lo último antes de partir… ¿te diste cuenta cómo se doblaba el aire sobre la arena?
Sin convicción, Lino dejó navegar la mirada sobre las bancas de la plaza. No le parecía algo tan dramático. Ya estaba acostumbrado a los finales disparatados de las películas y pensaba que había siempre alguien detrás de los actores indicándoles lo que tenían que hacer. En cambio, le sorprendía que su mujer permaneciera días enteros hablando bajo el influjo de una historia que de antemano se sabía deliberada.
–Es sólo una película –sentenció después de un rato. Y con la actitud inconsciente de variar hacia otra cosa, detuvo la mirada unos segundos en el vientre de ella.
–¿Qué miras? –le pregunto Zoila con un asomo de picardía, ganada ahora por una nueva excitación.
Lino se ruborizó en el acto.
–Ya sabes –respondió, y presionó la mano de ella para continuar de nuevo.


Dando un breve rodeo al busto de Bolognesi que miraba con dirección al mar, cruzaron en diagonal hasta el otro extremo de la plaza. Allí los edificios de madera llegaban a tener tres pisos, y albergaban dos hostales y una cadena de bares y heladerías en la primera planta. A esa hora de la noche, la gente conversaba alrededor de las bancas con crecida animación debida a la proximidad del verano. Algunos bocinazos interrumpían los corrillos de voces festivas, y en general, el intermitente estampido de las olas, se perdía desapercibido en el silencio por la costumbre de todos los días.
Sin detenerse, sofocados por el sopor de la noche, Zoila y Lino prosiguieron por una calle de doble vía, donde hacía más de cincuenta años algunos libaneses y un japonés, iniciaron sus prósperos comercios de telas con las mercancías que se obtenían de contrabando en el puerto.
Antes de terminar la cuadra, Zoila se detuvo atraída por una vitrina que exhibía dos maniquíes con ropa interior femenina. Desde hacía tiempo había hecho una elección en silencio.
–Me gusta ése –dijo, señalando el sostén de un maniquí detenido en la ejecución de un paso de baile.
–¿Cómo dices?, ¿cuál? –le pregunto Lino. A Zoila no le sorprendió que se hiciera el distraído.
–Que me gusta ése, el de festón rojo.
–¿Rojo?
–Sí, ¿qué te parece para navidad?, dime.
–Ya veremos –vaciló Lino unos instantes. Luego Zoila lo vio desviar la mirada a cualquier parte.
Llegó hasta ellos una mujer mayor de expresión notoriamente juvenil, cargando una bolsa repleta de mandarinas contra el pecho. Iba en sentido contrario.
–¡Qué bien Zoila –exclamó–, ya vas levantando el vestido.
–¿Sí? –dijo Zoila encantada.
–Sí –le confirmó la mujer–. ¿Cuántos meses van?
–Cuatro y medio –respondió Zoila.
–Y bien que se te notan.
La mujer apenas le dirigió una mirada a Lino, aunque a él no pareció importarle. Zoila no supo exactamente cómo, pero percibió que había una ligera tensión entre ellos. Se enganchó en el brazo de su marido y olvidándose del maniquí se despidió de la mujer con la mano.
Siguieron por la misma calle, que ahora se convertía en una sola y amplia vía empinada trabajosamente sobre una cuesta. Y después de unos pasos se detuvieron frente a la puerta del «Sanwa»; del local salía un alud de voces, y el cajero, nada oriental, llenaba de platos el mostrador de vidrio de la entrada.
A Zoila le sobrevino un apetito repentino, y le señaló a su marido una bandeja dentro del mostrador, llena de pequeñas láminas de pasta de harina fritas que tenían un aspecto crocante a la vista.
–Lino, quiero una porción – pidió haciéndose la niña.
Lino se aproximó, busco con la mirada el cartel de los precios, y luego, como si ella no se diera cuenta, deslizó una mano sigilosa a su bolsillo tanteando antes de responder.
–Otro día –dijo retirando la mano del bolsillo.
–Parecen unos pañuelitos arrugados –continuó Zoila–, amarillo¬-café con un rellenito de carne en una de las puntas… ¿no te parece? –y volvió el rostro hacia él.
–Otro día –repitió Lino–, vamos a la casa.
–Eres un tacaño –protestó Zoila enojada. No entendía cómo podía ser tan duro, ¿sería así con los vagos de la esquina? Sintió más que nunca las ganas de hacerse la niña.
Sin embargo, Lino tiró de ella obligándola a reiniciar la marcha.


Caminaron absortos y sin cruzar una palabra. Las campanas de la iglesia de la Inmaculada señalaron las nueve de la noche y aún se notaba cierta agitación en las calles. Pero conforme se fueron alejando del centro de la ciudad, el ruido de los automóviles fue adormitándose, y en su lugar se oían las conversaciones apagadas y la música de radio, que surgían de las puertas y ventanas abiertas de las casas de madera. Algunos vecinos, ahuyentados por el calor, salían a la vereda, y sentados con los brazos apoyados sobre el respaldo de las sillas, conversaban largamente sobre la suerte de sus hijos que hacía tiempo habían salido de la ciudad.
Poco antes de llegar a la casa, un hombre sudoroso y con huellas en la ropa de haber trabajado toda la tarde. Les dio alcance por la vereda opuesta.
–¡Lino! –llamó, y éste se volvió de inmediato–. Un buque noruego acaba de atracar.
–¡Sin vainas! –exclamó Lino. No estaba para bromas, ni para aguantarle a cualquiera.
–Y no va a ser –replicó el hombre–. Hay carga como para cuatro días –y se alejó apresurado.
Una ligera brisa sopló por un momento, y Lino pensó que seguramente traía el rostro de cavernícola que tanto le reprochaba Zoila. La vio abrir inmensamente los ojos y pacificó rostro.
–¿Ahora vamos? –le propuso ella.
–¿Qué?
–¿Vamos al chifa?
Se dejo vencer y la miró con ternura. Le paso una mano callosa por el vientre.
–Vamos chinita –le dijo–, chinita rellenita –y terminó de hablar con el rostro abrasado por una ola de calor.


Regresaron haciendo planes para el futuro. Sumando cargas y salarios con dos buques a la semana durante toda su vida podrían vivir bien, estar casi en la abundancia. Por supuesto que siempre habría problemas, pero con el trabajo seguro todo se superaría.
Cuando llegaron a la puerta del chifa, Zoila sintió los brazos fuertes de Lino reteniéndola un instante.
–Zoila –le dijo, solemne–, creo que de todas maneras vas a tener tu regalo de navidad.
–¿De veras? –exclamó ella.
Lino asintió. Zoila no lo podía creer. Movida por la emoción, se colgó de su cuello y le soltó un beso sobre la barba hirsuta.
–No sabes la falta que hace –murmuró.
Enseguida ingresó al chifa, y nada más vio la bandeja, volvió a salir a los pocos segundos adelantando unos pasos atortujados. Lino la esperaba en la puerta. Sintió unos deseos enormes de gritarle en la cara, de abofetearlo.
–¿Qué pasó? –pregunto él.
–Que ya no hay –le respondió sin mirarlo. Luego frunció los labios haciendo una mueca, que sintiera que estaba molesta, y agregó:– Si hubiéramos comprado antes… ¡Si no fueras tan tacaño!


Un cuarto de hora más tarde, en la casa, se sentaron a la mesa del comedor. Zoila, después de encender la radio, había servido dos tazas de té y unos bizcochuelos que habían sobrado de un día anterior. Lino se decepcionó.
–¿Qué pasó con la comida? –pregunto.
Pero tuvo que esperar a que Zoila se sirviera azúcar al té y moviera la cucharita formando un pequeño remolino.
–Esta es la comida –dijo ella después, hundiendo un trozo de bizcochuelo en el té.
Una corriente de aire entró por la puerta del patio e hizo flamear las cortinas que dividían el comedor del dormitorio. Lino alcanzó a ver una pata del catre que compartía con su mujer, en el preciso instante en que se oía un saludo de cumpleaños por la radio. Se sintió burlado.
–No es chiste –repuso gravemente.
–Claro que no –dijo ella, y se llevó el trozo de bizcochuelo humedecido a la boca–. Te comiste dos platos en el almuerzo y ya no queda más –agregó después.
Lino bebió perturbado su taza de té, sin tocar los bizcochuelos y sin decidirse a despegar la mirada del centro de la mesa. Oyó por la radio que se iniciaba un programa musical romántico, con la voz amanerada del locutor. Al terminar de beber se levantó y caminó hacia la puerta.
–Voy a la esquina –dijo, vibrando notoriamente–, a fumar un cigarro, por si acaso te importa tu marido –y salió.
Zoila permaneció con la mirada fija en la superficie del té, donde la bombilla de luz se reflejaba como un sol diminuto. Le vino el recuerdo de la primera semana de recién casados, aquellos momentos en los que después del ardor, cuando terminaban de hacerlo, a Lino le entraba un hambre repentino de todo el cuerpo. Incluso se levantaba los calzoncillos a rebuscar los restos de comida en las ollas, y si no había, se vestía a la carrera y salía a comprar algo en la tienda. Comía en la cama fingiendo un apetito enorme que daba risa, hasta que por fin se quedaba dormido o se le despertaban las ganas de nuevo. Sin proponérselo, Zoila, volvió al final de la película, y se dijo convencida, que Lino nunca se atrevería a cruzar el desierto.
Acabada la taza de té, se levantó y se fue hasta la cocina. En el trayecto, le fastidió oír al gallo de pelea que con tanto esmero criaba Lino. Se ubicó en un banco junto a la solitaria hornilla tiznada por innumerables capas de hollín, y, al volver la mirada hacia el prisma de luz que brotaba intenso desde el comedor, quedó paralizado por el minúsculo cosquilleo que sintió dentro de su vientre. Desbordada por el éxtasis, sonrió como si viera flotar las cosas en su sitio, y se pasó unos dedos trémulos acariciándose el ombligo. Sin pensarlo dos veces, con los ojos iluminados, se sirvió de una olla la comida que había sobrado del almuerzo.


(1) Tomado de Barcos de Arena. Lima: Lluvia editores, 1994.
(2) Mollendo (Arequipa), 1965. Estudió literatura en la Universidad Nacional de San Agustín y maestría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Hizo un doctorado en la Universidad de Princeton (USA). En 1992 obtuvo el primer lugar en el concurso "El cuento de las mil palabras" de la revista Caretas. Ha publicado: Barcos de Arena (cuentos), Lima, 1994; Invencible como tu figura (novela), Lima, 2005.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Bonzo (fanzine autodestructivo de poesia, narracion i otros artificios)

Manifestaciones violentistas hace algunas semanas perpetraron el incendio de la sede de la Gobernación de Tacna, hecho que ocasionó que la "Heroica" sea declarada en Estado de Emergencia, que aún lo mantienen tanques y soldados; una noche de viernes otra gente, en permanente combustión interna, declarará a través de flamas verbales cambio de guardia sin más arma que un poderoso fanzine, aun a riesgo de inmolarse:

NaVeBurDel Editores invita a la presentacion en sociedad de su nuevo hijo:

BONZO (fanzine autodestructivo de poesia, narracion i otros artificios)

DIA: viernes 05 de diciembre
HORA: 8.00 p.m.
LUGAR: cafe zeit (tercer piso galerias genova. entrada por san martin o bolivar)

PRESENTACION i LECTURA a cargo de milena justo, jose el gotico, cristian astigueta y juan zamudio

ENTRADA LIBERADA

PD: al final regalaremos/subastaremos/venderemos/etc. a nuestro vastago.

(SE ELIMINARON TILDES A DISCRECION)

martes, 2 de diciembre de 2008

Virginia Vargas y Peter Waterman en Arequipa

En el weblog del Colectivo Sur se anuncia que en coorganización con el Centro de la Mujer Peruana "Flora Tristán" y Cátedra Libre "Alberto Flores Galindo" se realizarán en Arequipa diversas mesas sobre temas politico-sociales, y particularmente de género, a cargo de Virginia Vargas y Peter Waterman. El programa a continuación:

Viernes 05 de diciembre

11:00 Conferencia de Virginia Vargas: "Feminismo y ciencias sociales"
Sala Atenas - Calle San Agustín 106

17:00 Conferencia de Peter Waterman: "Sindicalismo y poder"
Auditorio FDTA - Calle Santa Catalina 404

19:00 Presentación del libro "Feminismos en América Latina" de Virginia Vargas
Sala Mariano Melgar - Calle San Agustín 106

Comentan:
Nardy Rosado - Lingüista
Alina Bravo - Dirigenta sindical
José Luis Ramos - Sociólogo


Sábado 06 de diciembre

09:00 Taller con Virginia Vargas: "Feminismo, democracia y cambio social"
Auditorio CECYCAP - Calle Jorge Polar 107 - Urb. Victoria - Cercado

Auspician: Federación Departamental de Trabajadores de Arequipa (FDTA), Centro de Estudios Cristianos y Capacitación Popular (CECYCAP), Centro de Estudiantes de Sociología UNSA y Programa Democracia y Transformación Global.


INGRESO LIBRE


miércoles, 4 de junio de 2008

Alejandro Romualdo, Cantor de Esperanzas*

Alejandro Romualdo (Trujillo 1926 - Lima 2008) es uno de los más representativos de la llamada generación del 50, junto a extraordinarios poetas como Jorge Eduardo Eielson, Pablo Guevara, Javier Sologuren –que comparten ahora con Romualdo una fulgente coordenada, distinta a este azaroso tramo existencial–, entre otros.

El poeta es una fuente donde se bebe una vigorosa y enternecida poesía de variados registros –además del social por el que se le conoce– como el lírico, simbolista y concretista; y donde se refleja nítidamente la ética con la que ha rodeado tenazmente su vida, esto es: no haber cedido a una fama literaria para proferir alguna ideología. La Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría –cuando la vida se hizo incierta– determinaron su perspectiva del hombre contemporáneo e hicieron de su obra un canto hondo de esperanza y toma de conciencia de los avatares a los que está signado el ser humano. Aquella coherencia que le sobrevive revela en su obra la dolida conciencia de lo humano, donde pervive la esperanza; a pesar, que como ciudadano “no podía esperar nada [de la sociedad]. En este sentido no [tiene] ninguna defraudación, ninguna decepción, puesto que [se ha] enfrentado a ella”, menciona el poeta. Ejemplo de ello fue su negativa a aceptar la pensión vitalicia que sus amigos artistas gestionaban al Gobierno; él refería que no era el Gobierno de turno sino el Estado quien debía otorgársela, tanto a él como a otros artistas.

El acercamiento a la obra del vate, la mayoría de las veces, se dio en el colegio, cuando la infancia –escribe el poeta– “nos llena la cabeza de luciérnagas, / de polvo las rodillas” (La torre de los alucinados, 1949) y se daba lectura a su celebrado poema Canto coral a Túpac Amaru, que es la libertad (Edición Extraordinaria, 1958), que ejemplifica parte de la conflictiva historia peruana; además de ello, el sujeto poético de aquel poema es la metáfora de la permanencia en el tiempo de la justicia, la esperanza y la libertad, a pesar de las continuas negaciones que las asedian: “Le sacarán los sueños y los ojos / Querrán descuartizarlo grito a grito. / Lo escupirán. Y a golpes de matanza / lo clavarán: / ¡y no podrán matarlo!”; el poema continúa representando el agobio que acarrea un orden social no equitativo y que no logrará silenciar las conciencias: “Al tercer día de los sufrimientos, / cuando se crea todo consumado, / gritando ¡libertad! sobre la tierra, / ha de volver. / Y no podrán matarlo”.

Dentro de aquel flujo que constituye a la poesía social y de compromiso está escrito el poema Color rosa”: “Si pintaras mi país color de rosa / Serías un gran pintor para ellos”, más adelante advierte que aquellos tonos idealizantes no traslucen el descontento que su sensibilidad registra en su país que debe ser pintado con "Color furia", sus árboles y cielo "Color rabia" y su "Casa y corazón / Color de fuego / Color de combate / Color de esperanza”, imágenes coincidentes con los desposeídos; aquel poema Susana Baca (2001) lo celebró musicalizándolo, al igual que otro de sus poemas: “Si me quitaran totalmente todo”.

Romualdo explora otros registros como el simbólico en “El cuerpo que tú iluminas”, del poemario homónimo (1952), donde refiere los contrastes de la poesía en la sensibilidad cuando se logra internalizarla: “Yo soy para ti la noche: Tú me enciendes, / ardo en el vientre universal, / rabio con las olas y las nubes”.

Romualdo murió solo y dignamente tras la conocida puerta azul bajo la cual los periodistas dejaban solicitudes de entrevistas, que casi nunca aceptó. Murió de una afección cardiaca un martes 27 de mayo. El poeta, de forma previsora, escribió sobre como debería advenir la muerte en “Responso por un payaso negro”: “Pidamos que nos haga desaparecer como un ilusionista. / Roguemos porque la muerte llegue como el extraño que nos pregunta por la hora” (Cuarto mundo, 1972). Con la misma naturalidad con la que partió revivirá su verbo en la memoria de quienes todavía son capaces de conmoverse. Hasta siempre, Xanno, así te llamaban tus amigos: Arturo Corcuea y Carlos Germán Belli, con quien practicaste el fútbol antes de ingresar a la Facultad de Letras de San Marcos. Hasta siempre… Poeta. (Juan Zamudio).



Si me quitaran totalmente todo
si, por ejemplo, me quitaran el saludo
de los pájaros, o los buenos días
del sol sobre la tierra,
me quedaría
aún
una palabra. Aún me quedaría una palabra
donde apoyar la voz.

Si me quitaran las palabras,
o la lengua,
hablaría con el corazón
en la mano,
o con las manos en el corazón.

Si me quitaran una pierna
bailaría en un pie.
Si me quitaran un ojo
lloraría en un ojo.
Si me quitaran un brazo
me quedaría el otro,
para saludar a mis hermanos,
para sembrar los surcos de la tierra,
para escribir todas las playas del mundo, con tu nombre, amor mío.

De Edición extraordinaria, 1958
.
*Artículo publicado inicialmente en el semanario arequipeño Vista previa.

jueves, 22 de mayo de 2008

Los juegos verdaderos de Edmundo de los Rios

El poeta y narrador Oswaldo Chanove (Arequipa, 1953) en su weblog Crónica del instante hace una semblanza del recuerdo que lleva grabado en su memoria del novelista Edmundo de los Rios (Arequipa, 1944 - 2008), de quien menciona que se caracterizó por "el mágico refinamiento de su espíritu, su filoso humor, su entrañable amistad". Además agrega que el autor "tenía en ese momento poco más de veinte años" cuando su ópera prima, Los juegos verdaderos (Cuba, 1968), se hizó merecedora de "un importante lauro otorgado por la antiguamente prestigiosa Casa de las Américas". Obra que al publicarse fue referida por Juan Rulfo como "el inicio de la literatura de la revolución" (continúa).

martes, 25 de marzo de 2008

El "ocio constructivo" de Daniel F (1)

...
Daniel F manufacturando arquitecturas sonoras

Por Juan Zamudio

La sombra movediza de un enraizado, con punta que tira a verde, me aleja, algo, de este furioso sol arequipense; mientras espero que llegue la flaca a la Plaza Armas, y así, en primera, jalarnos a hacer conversa con el F, a cuya música ella está gustosamente irredenta. Buen tiempo así, hasta que distingo que me hace hola a lo lejos. Enrumbamos por Santa Catalina.

Nos estacionamos en el alojamiento del F. Aquí se está cómodo. Conversamos ligero nomás. Él mora horizontal en su cama, al igual que su guitarra y unos cuadernos. Percibo que dentro de mi cabeza planea, tenazmente, una letra que aquieta, calma, la combustión de la noche anterior, y parte de la mañana, compartida con algunos compañeros de ruta por Puente Bolognesi, donde la levedad era un principio que traslucía alguna de las diversas maneras del conocer, al igual que en otros reductos: “Canto por ti / porque aún tú tienes alas para vivir […] Canto por ti / porque tú sabes cual viento es para mí […]
(2)”, cover a Fernando Ubiergo, a cuya influencia le es sugestivo permanecer, así también le sucede con “[The] Ramones y Pink Floyd”, comenta; a diferencia de “Los Mojarras”, cuyo estilo es “una buena manera de hacer una música completamente peruana. Siempre cuando me preguntan cuál es el grupo de rock peruano, siempre digo que el único grupo de rock peruano que he conocido ha sido Los Mojarras, [que] tienen un sonido que no lo va a tener ningún grupo en el mundo, un sonido totalmente autóctono, con un color local bastante acentuado”.


ARQUITECTURAS SONORAS

El recorrido que siguió Leusemia es variado
(3). Por un lado, se ve asociado al “circuito underground”, refugio acreditado por el estilo que “va alimentando y va renovando la música todo el tiempo, en todos los países, sino sería solamente, pues, este… el dictado de la industria. Como podrás apreciar el MTV, en [los] ranking mexicanos. Todos son grupos inventados, todos son cantantes totalmente manufacturados. Pero siempre es la escena underground la que va renovando un poco la música tal cual es. No un invento de la industria, sino un invento de una creación, pues, de la gente”, explica el F, que a su influjo rítmico se proyectan danzas tribales, se poguea fraternamente fuerte o, irremediablemente, se transparenta furibunda la ironía en tonos donde se arman redes profanas para corear: “al colegio no voy más, ni huevón […]” (4).

Esta reportera está media fallada. Ella dice que cada vez que hablo se detiene, reímos; quizás sea por el magnetismo que ella propicia lo que ocasiona que no funke bien; no importa. Él pasa la voz sobre la continuidad a la que están signadas el par de actividades en las que chambea fuerte y, además, señala la distinción que estima entre ambas: “Leusemia está tocando igual y más; lo que pasa es que Leusemia es más ambicioso, es un proyecto musical estrambótico, si quieres, no. Leusemia toca con coros, con orquestas sinfónicas. Yo toco solito
(5). Esa es la diferencia. Entonces con Leusemia hay una búsqueda musical más profunda; o sea, tratamos de hacer cosas mucho más audaces, sin que nos cataloguemos como audaces, porque no lo somos. Rafo Ráez es audaz; o sea, Rafo Ráez es audaz porque es loco, no sabe lo que hace. Está loco. Hace cosas totalmente insensatas y son brillantes, y esa locura es la que no tenemos nosotros. Somos bastante convencionales y tratamos de hacer una música que tenga un comienzo, un desarrollo y un final. Y lo mío, yo trato de ahondar en lo que es la letra, las canciones, tratar de escribir mejor”.


AQUELLOS AÑOS

Hace una buena temporada que Leusemia se pone en escena. Cómo habrán sido los ejercicios de tribu de entonces. Yo estaba niño. Él configura una perspectiva comprensiva de lo sucedido desde un ahora que incluye “mucho cambio, más allá de lo que puede darte 25 años después, que es la experiencia, si quieres ponerle, madurez. [Aquello] implica poder comprender mejor lo que piensa el otro”, a diferencia de “los ‘80s, pues, [donde] eso casi no se veía. [En ese momento] hacíamos críticas totalmente insensatas, gratuitas muchas veces; por ejemplo, a los rockeros de los ‘60s siempre se les criticó, o siempre criticamos, el hecho de que cantaran en ingles
(6). Estupideces. Si quieren cantar en ingles, que canten. Cuál es el problema. Pero en ese momento para nosotros era un problema. Debe haber un trauma. Nos achorábamos mucho, insultábamos, que por qué cantan en ingles, por qué cantan canciones de otros, por qué no se ponen a componer. Hasta que hablé con Gerardo Manuel, que es un poco el pilar de esa generación de los ‘60s, y su respuesta fue que no sabían componer, pues; entonces, cómo le vas a pedir a alguien que no sabe componer que componga canciones. Bueno, y cantaba canciones de los Beatles nada más, y ese tipo de cosas ha ido asfaltando un poco el camino (7)”.

A lo anterior se añade, el funesto tránsito generado por el plano político-social de los ‘80s, donde “hubo un crisol” de actitudes. Desde la perspectiva del F, éste generó, por un lado, que “el artista, de pronto, se vuelv[a] un peleador social, entonces llega a asumir una postura ya no tanto estética ni de colores o sabores, sino ya en la calle
(8), y eso es lo que ha pasado con alguna gente, no, que dejó un poco las plumas o las guitarras y se fueron a hacer otras cosas”. Además, menciona la incoherencia de aquéllos que a “los cinco vientos están ahí propugnando una cosa revolucionaria cuando [están] borrachines, no, y nada; de eso está llena la ciudad de Lima”.

Y, por otro lado, completando aquel collage del espíritu de época, agrega que entonces se evidenciaban algunas actitudes de vida como “la injusticia y la indolencia” en aquella “gente [a la] que no le importa el dolor de los demás”. Cierta molestia desasosegada se evidencia en el F al recordar que “lo que se vivía en los ‘80s no era con ellos. La gente hacia su vida normal y hablaba de eso como si fuera una cosa lejana, como si fuera en Paquistán”.

Posteriormente, al haberse frustrado la edificación de la utopía social en los aciagos ‘80s, se ha originado una insensibilidad dependiente al sistema hegemónico (neoliberalismo), de prácticas disimuladas
(9). Pero el carácter revulsivo del arte, advierte el F, manifiesta una espiritualidad que lucha por alejarse de aquél: “yo creo en la música, creo en el arte. Yo creo que la música es capaz —tanto como el arte— de despertar sensibilidades, de poder despertar la sensibilidad dormida que tiene la gente, ahorita, que está alejada, totalmente, en un limbo ideológico, en un limbo al que nos a empujado el sistema desde hace muchos años, sin capacidad de lucha. Entonces, yo creo que [con Leusemia] apuntamos hacia eso, hacia una cuestión espiritual si quieres, no”, menciona.


AFINANDO EL CÍRCULO

El oficio de hacer música, al que él llama “ocio constructivo”, es una corriente de lucidez interiorizada (disciplina) que ordena las pulsiones según ciertos paradigmas (música de alto “calibre”), y, a su vez, éstos al ser recreados consolidan al ser en el nítido transcurrir del tiempo: “Yo vivo de esto, paro todo el tiempo con música y [a la vez] planifico mi vida, y esa libertad [ocio constructivo] es la que me brinda el poder trabajar de esta manera: ahondando en música totalmente discordante, estrambótica y aparatosa, no, con orquestas, sin muchos instrumentos [tanto en Leusemia y como solista]. Ya puedo hacer eso, cosa que no podía hacer en los ‘80s, y, que al final, es un reencontrarse conmigo cuando yo tenía 10 años, o sea, cuando tenía 10, 12 años escuchaba solamente música progresiva, jazz y música clásica, de ese tipo, de ese calibre”. El F está por ultimar su equipaje, constituido de un dominio solvente para ejecutar registros musicales que consolidarán su calidad creativa: “algún día lo voy a hacer, quiero hacer obras mucho más complejas, y cuando llegue a hacer eso simplemente se va a redondear todo el círculo y voy a reencontrarme con el niño que quedó en los ‘70s”, añade.

Le menciono que la música y la poesía se entrecruzan en una compacta unidad irreductible en su quehacer; pero él distingue que no tienen una relación recíproca: “Siempre he hecho un deslinde. Yo no sé por qué me han invitado a encuentros de poesía, siempre digo: ‛me llega al pincho la poesía, sé muy poco de poesía’. Lo que pasa es que yo he crecido escuchando canciones, hay gente que también lo llama poesía; por ejemplo, la de Bod Dylan, Bruce Springsteen que son poesías urbanas, pero yo nunca lo he visto así, porque yo leo poesía urbana y es otra cosa. Leo a Antonin Artaud, puedo leerte a Verlaine, pero nada que ver con lo que puedan decirme los cantores de rock. Lo veo con otro vuelo. Yo leo Tom Waits, el más grande compositor de los últimos tiempos, y es tremendo, son canciones, lo leo y !son canciones!; en cambio, leo a Vallejo y es poesía, entonces es bien distinto. Por ahí que la gente de poesía pueda apreciar a ciertos cantores, ya es otro asunto; que al igual que ciertos cantores puedan apreciar a ciertos poetas, pero de ahí a que sean lo mismo, no. Siempre lo he puesto en tela de duda”.


INASIBLE HORIZONTE

La rock y las fusiones que le acometen generan en el Perú una “escena bastante variopinta”, un “arco iris bastante colorido” y aquello lo “llena mucho”, le ocasiona acendrada satisfacción, le “gusta ¡un montónnn!, porque acá no hay industria, entonces como no hay industria la gente no se preocupa por hacer un disco que se venda ni está preocupada por las modas, ni está preocupada por que la pasen por radio, ni está preocupada por que una empresa los contrate. Como no hay industria, hacen la música que les da la gana. Hacen música muy libre. Todos los grupos locaaazos, hacen música raraaaza. Hay como 30 grupos que hacen música raraza; el resto de bandas que hacen punk, harcore son [creaciones] más predecibles, no; y de hecho que tengo que sentir un pequeño murmullo por haber sido uno de los que cimentaron todo esta escena paralela
(10)”, menciona. Dicha escena debiera, de igual modo, generar un circuito de producción y distribución, al respecto señala: “Me gustaría estar al frente de una pequeña discográfica (11) y poder producir grupos, tanto ejecutivamente como musicalmente, y, de hecho, me iría a provincias, a todos lados, y cualquier grupo bacán, pum, me lo traigo a Lima”. Pero al no tener “ningún horizonte”, al ser “un tipo que no tiene metas, nada”; imposibilita que se aúna a desarrollar aquel circuito discográfico alterno, quizás “si fuese más pilas, ésa hubiese sido una de las metas”. Además, precisa: “yo estoy contento con lo que tengo ahora, con lo que he hecho antes y todo. Yo sólo tengo mi honestidad, mi poca voz y mi ocio constructivo (12), fuera de eso no tengo absolutamente nada, y estoy muy contento con eso”, concluye.

La tarde se perfila tenue. El concierto por su cercanía, en el que compartirá escenario con Rafo Ráez, se acentúa; antes de aquél, con ella iremos a recalar brevemente en una ingrávida escala. En la puerta, de pasada le digo, en tono festivo: “cuándo harás un taller de poesía”; reímos jóvenes al despedirnos.


Notas


(1) Pseudónimo de Daniel Augusto Valdivia Fernández, compositor, guitarrista e interprete que conformó —junto a Kimba Bilis, su hermano, y Leo Scoria— la banda Leusemia, que hizo su debut en La Caverna (1983), ubicada en el jirón Moquegua del centro de Lima; tras la disolución temporal de la banda en el 85, se inicia como solista con varios álbumes en formato cassette (Kursiles Romanzas, entre otros). Posteriormente, en paralelo a Leusemia, graba su primer CD titulado Memorias desde Vesania (2002), al que seguirían otros.
(2) “Canto por ti” pertenece al álbum titulado Al final de la calle - Los sótanos de la angustia (2000).
(3) Ese sonido poderoso que le es característico a su primer y único Lp titulado Leusemia contrasta con “Gatos de bronce” (2000), canción que emite rasgos mansos: “[…] Se mueve suave y habla despacito. / Su sonrisa me obliga a correr, / mientras ella colorea mis pasos cada vez. / Con su sombra me enseña un baile / y unos versos sobre gatos de bronce. / Con su voz se me olvida hasta el nombre… otra vez […]”.
(4) Del álbum titulado A la mierda lo demás (asesinando al mito), 1995, grabación que señala el retorno de la banda, con nuevos integrantes que se suman a los anteriores, en el bar barranquino Sargento Pimienta.
(5) Del mismo modo, comenta sobre lo desarrollado como solista: “Yo sigo mirando todo con sorpresa, el hecho que vaya a un sitio y un teatro se replete, con un solo tipo cantando con su guitarra, ya ése es un cambio. Es una cosa que me da, pues, risa. Me causa sorpresa, porque en principio yo no me la creo. Vengo a cantar como cualquier hijo de vecino y de pronto tengo esos recibimientos, igual cuando sale un disco”; y, del mismo modo, relata sobre la línea de práctica en el devenir de Leusemia: “pero básicamente estamos trabajando exactamente igual. Estamos en el mismo circuito. Nos movemos de la misma forma. Somos totalmente informales, sino no somos amateurs es porque nos están pagando por tocar”.
(6) En los ‘60s, los rockeros, mas no todos, buscaban diferenciarse de los Nueva Oleros, y aquello explica, en parte, porqué interpretaban y componían en la lengua de la legendaria banda de Liverpool; por el contrario, Los Saicos compusieron “Demolición”: “Tatatatatatatatayayayaya. ⁄ Echemos abajo la estación del tren, / echemos abajo la estación del tren. ⁄ Demoler, demoler, demoler, demoler […]”, afiebrado, rabioso, anárquico ritmo al que Leusemia homenajea a través de un cover en 1995.
(7) El F contrasta a Leusemia con algunas bandas de la escena paralela y, señala, la relación de éstas con las formalidades del mercado y con las nuevas tecnologías que permiten difundir en forma distinta la música, sin llegar a negar la capacidad de aquéllas para crear: “Poner un tema en la radio, poner un video clip, esas cosas nunca hemos hecho. Son pocos los músicos, las agrupaciones, que tienen esa suerte y esa dicha de poder, de pronto, verse en todos lados, no, y poder darse, a su vez, una oportunidad de vida”, al entender “la música como trabajo y como experiencia sensorial”, esto último ilumina la ruta del F y le deja una tranquilidad que se visibiliza.
(8) En el centro de Lima está ubicado el jirón Quilca, en el que se ha producido una remodelación del espacio público originada por la Municipalidad de Lima, y a pesar de ello continúa siendo un escenario contracultural donde las artes irrumpen en sus distintas manifestaciones.
(9) En relación a ello, Leusemia hace del arte una fuerza comunicante y desinhibidora en “El asesino de la ilusión” (1995), ritmo que trasluce una enrebelada sensibilidad crítica que germinó al conocerse la desaparición de personas en Barrios Altos (1991) y La Cantuta (1992), hechos acontecidos en el gobierno de Fujimori: “[…] las tardes de muertos eclipsan el bar / los deudos callaran su rabia y todo es / por ti. / Pagando las noches de fusilamientos / gente desaparecerá... / ¿en dónde están? […]”; más adelante, con justa indignación advierte: “tu sombra evitaré, tu nombre escupiré”. Finalmente, refiere con veracidad: “Te encubrirás en un disfraz, / harás tu gesto más mordaz, / toda la insensibilidad del asesino de la ilusión. // Un criminal en un diván. / Un criminal en un sedán. / El asesino de la ilusión, del amor”.
(10) Al respecto, en reconocimiento a la trayectoria de la banda, el 2003 se graba un disco titulado Tributo a Leusemia: 1983-2003, en el que participan distintos artistas; y a través del libro Los sumergidos pasos del amor (Editores Martínez Compañon, 2007) el F da cuenta de la movida del rock subte desde los sesenta hasta lo más reciente.
(11) Acerca del fenómeno informal de producción él señala las paradojas del mismo: “Estoy muy contento que no haya industria por el lado de la música, porque la música se está desarrollando, pero por lo mismo que no hay industria los grupos hacen un disco y desaparecen. No hay quien los masifique. No hay quien los distribuya. No hay quien les dé de comer”.
(12) Estado que le permitirá elaborar música con el mismo deleite con el que la escuchaba en los ‘70s, así lo señala líneas atrás.

Publicado en Mítica 3. Revista de Artes y Letras. Arequipa: marzo 2008.

Canciones sucias y malditas en Las pistas ocultas de Cristian Astigueta

Por Marcela Aquize Las pistas ocultas está compuesto por un matizado collage de poemas e imágenes diversas  que transmiten al lector un con...