miércoles, 10 de agosto de 2011

El Dios Quintino

Por Oswaldo Chanove

Todos los poetas son santos. Quintino tendría su puesto en el Escuadrón Azul. O rojo. O verde. ¿De qué color pintaría uno a Quintino? Pero no, Quintino era el Dios, y Dios sólo es un resplandor. Quintino fue un dirigente trotskista que recibió un fuerte golpe en la cabeza. Había estado departiendo cordialmente en un local de higiene sexual en el cercano balneario de Mollendo cuando, inesperadamente, un estalinista le rompió una silla contra la nuca. Todo indica que el daño fue irreversible, que el filo del viejo roble (o cedro) de la silla aplastó algo en alguna parte. Y produjo una hemorragia que dejó sangre seca. Y el coágulo presionaba el seso. Toda una serie de acontecimientos para llegar al punto de quiebre de una vida. Todos esos hechos, esa cadena, para que aquel buen hijo de familia dejase para siempre de expresar frases de sentido común, consignas de la revolución permanente, vivas al Melgar F.B.C.

Quintino había sido el hijo preciado de una estirpe de obreros gráficos que desde el siglo XIX domiciliaban en un par de habitaciones del Castillo del Diablo. Era ampliamente conocido y considerado, por amigos y familiares, y se decía que poseía excelente ortografía, y que los códigos estaban impresos con tinta indeleble en su cabeza, y que ya casi tenía a punto algunas severas reformas. Varios dirigentes de la clase obrera asistieron a la misa de salud que se realizó en la Capilla del Solar. Había sido evacuado de la sala de trauma del Hospital Goyeneche. Pobre hombre. Se loqueó. El reputado siquiatra Dr. Ángel Chicata había prescrito un procedimiento radical. No hay muchos testigos fiables de aquella época, pero no se tiene noticia que un comportamiento violento haya impulsado a recurrir a los electrodos. Más bien parece que fue un acto bien intencionado. Y cuando al fin, un par de años después, fue dado de alta, Quintino empujó suavemente la silla hacia atrás y se incorporó. Empezó entonces a hilvanar una puntillosa declaración. Casi un manifiesto. Anunció (a los amigos y familiares que se habían reunido para agasajarlo en la picantería el Gato Negro, a pocos metros de la calle Puente Bolognesi) que su verdadero nombre era Quintino. Explicó que había descubierto la personalidad secreta de Dios. Dijo que el universo era una monarquía, y que la esencia sagrada del universo era el Quintinol. Las fuerzas negativas, lo maligno, lo vil, lo mezquino, lo malhumorado, lo torpe, lo mediocre, todo, todo ha sido embotellado en unos seres de rostro espantoso conocidos como Sanguinorios. Los Sanguinorios son personajes que en ocasiones visten de blanco. Incluso llevan zapatos blancos y calcetines blancos. Y Quintino aquel día colocó sobre la mesa -empujando su arroz con pato-, un cartapacio repleto con documentos que probaban, que revelaban, que desvelaban por qué se ama, por qué se odia, porque la melancolía es una forma bella de estar triste. Ante la mirada estupefacta de su madre, Quintino sacó varios pliegos de papel periódico. Aquí está el verdadero anteproyecto de las torres de la Catedral. El plano. El croquis perdido. El que fue dictado. El que fue traicionado. A partir de aquella tarde la ciudad de Arequipa fue reconocida para siempre como cuna del Quintinol. Y Quintino era el Dios viviente y sumo pontífice que, cada mañana, despertaba para conducir el nuevo día. Magno pero diligente. Sereno. Siguiendo alguna forma de disciplina. Y normalmente prefería las oficinas oscuras del Palacio Arzobispal, pero no era infrecuente encontrarlo instalado detrás del gran escritorio del burgomaestre. La prefectura era también otro de sus centros de trabajo favoritos. Normalmente era recibido con alegre cordialidad por los ujieres, y, los oficinistas, sin ninguna excepción, alzaban un brazo, o le palmeaban el hombro, o simplemente gritaban entusiastas. Clamaban. Alababan. Vitoreaban. ¡Quintino! ¡Quintino! Pero Quintino no sólo cumplía con sus responsabilidades burocráticas. Su interés por la cultura la granjeó una reputación. Se daba tiempo para presentarse en las aulas del viejo local de la Facultad de Derecho (hoy Complejo Cultural Chávez de la Rosa) para explicar los principios de la jurisprudencia del Quintinol. “La más elevada comprensión se considera la más alta justicia”, decía. “Entender a los seres más allá de sus motivaciones circunstanciales es la ruta del Quintinol.” “La piedad no es fruto de la flaqueza sino consecuencia de una claridad superior.”

Una hermosa mañana de julio me acerqué a Quintino y le estreché la mano. Quintino me correspondió, afable, inmenso, y hasta me dedicó una sonrisa de entendimiento en medio de la multitud. Imaginé que alguien colocaba un lente gran angular de 28 mm en la bóveda. Imaginé que el obturador de la cámara hacía ese hermoso chasquido 36 veces. “El Dios Quintino rodeado de simples mortales”. Agité un poco el vino sacramental frente a mis ojos y me alejé purificado.


Tomado de aquí.