lunes, 28 de noviembre de 2011

El Arequipazo y la anestesia de la democracia (*)


Por Marlene Portugal (**)

Una de las características más palmarias de todo primate es su rasgo dominante, el primate es un animal jerárquico. El hombre, su pariente más cercano, también es un animal jerárquico, se trata de un atavismo, una herencia genética, una forma elemental de supervivencia.

Por ello, cuando los filósofos humanistas hablaban de igualdad entre los miembros de nuestra especie, se advertía el concepto como un ideal utópico, ficticio. En la práctica humana (y de cualquier ser vivo), la desigualdad está en nuestra naturaleza. Sin embargo, algunos hechos de la historia ponen en tela de juicio el carácter absoluto de esta idea.

Para explicar un poco este asunto, necesito escarbar entre diversos acontecimientos, se me viene a la memoria un suceso local, acaecido en nuestra ciudad, el Arequipazo, fenómeno social que marcó un hito en los anales históricos y quedó marcado en la memoria de nuestros conciudadanos. Aún suele ser recordada por muchos esa semana que empezara un viernes 14 de junio de 2002.

Ese día la calle San Francisco rehilaba estremecida bajo los pies de un tumulto, una masa indignada, conformada al principio por diversos grupos políticos que se dirigían, con bandera en una mano y piedra en la otra, rumbo a la prefectura, juntos formaban un confluido de voces y rostros iracundos en busca de un prefecto calificado de traidor. Ahora bien, se me ocurre trasladar la figura a una suerte de jungla, donde la enfurecida manada, conformada por épsilones, desea hacerse de uno de los machos beta. Temerosa, no era para menos, la “autoridad” se escondía en lo más recóndito de aquellas oficinas, realizando infructuosas llamadas por teléfono. El volcán había erupcionado y la lava se estaba desbordando.

Pero retomemos el asunto de la masa. Con el transcurrir de los días, esta suerte de avalancha, con efecto de bola de nieve, se hacía más grande y más compacta: socialistas, apristas, despedidos, universitarios, obreros, ambulantes, urbanizaciones, pueblos jóvenes, etc. eran una multitud que fluía sin distinción de rangos, género, posiciones económicas o niveles educativos, se experimentaba concretamente un contacto vivo, sin contraste alguno. Esta masa humana dejaba sentir poco a poco un solo grito, una sola bandera.

Un ¡Arequipa revolución! resonaba entre bombas vomitivas y lacrimógenas y campanadas de la catedral. Mientras la dosis represiva militar iba en aumento y las marchas enardecidas se diseminaban por diferentes calles del Centro Histórico, en diversos distritos, a una misma hora, se podía sentir el estruendo de un único modo de expresión de alarma y de protesta: El cacerolazo (inspirado, por cierto, en las madres de Mayo).

Resulta curioso y contradictorio pensar que sólo esta clase de hechos turbulentos y dramáticos resuciten la confraternidad, la homogeneidad y una suerte de “igualdad” entre los hombres, sin embargo, aquí aparece el rasgo atávico que nos semeja a nuestros parientes los primates, entre la muchedumbre, alguien debía sobresalir, debía surgir la imagen del “caudillo”, el oportunismo, otra característica que compartimos con nuestros primos y otros mamíferos, no se hizo esperar.

Después de doscientos heridos y dos fallecidos, todos sabemos cómo terminó la historia. Dice Mario Vargas Llosa, de la igualdad y la libertad, que son dos valores contradictorios, dos aspiraciones nobles humanas que, sin embargo, secretamente se repelen, sin embargo, en acontecimientos como el descrito, esa repelencia no es un estado perenne, entre ambas puede darse durante breves espacios de tiempo, una especie de tregua. Eso sucedió ese 14 de junio.

Levantarse contra un gobierno es vivir de acuerdo a las leyes de la tan mentada democracia, eso es libertad, y protestar al unísono crea el matiz de la igualdad, pero ambos ideales o valores sólo pueden coexistir durante momentos efímeros, es el juego volátil de una coyuntura.

Digamos que libertad e igualdad confluyen sólo como chispazos hasta que se extinguen, deben extinguirse. Entonces nos vuelve a la realidad este aspecto genético, el hombres es instintivamente jerárquico, la libertad y la igualdad, distan de nuestra naturaleza.

Entre los primates, el macho alfa, el dominador es el más fuerte, el más rudo y astuto. Entre los hombres prima la democracia, que según Bernard Shaw, es una mayoría incompetente eligiendo una minoría corrupta. Un rasgo que nos homogeniza es el pensamiento, la tendencia hacia un mismo objetivo, un rasgo que nos heterogeniza es la competencia, el primero es un rasgo, digamos, antinatural, el segundo va de la mano con la naturaleza, forma parte de su esencia. Pero la democracia intenta crearnos la ilusión de que ambas, igualdad y libertad pueden convivir.

Esa, supongo, también debe ser la tarea de los idealistas, crear la ilusión de que conceptos tan abstractos en algún lado y en algún momento pueden hacerse corpóreos, pueden encontrar una forma y hacerse realidad, pero precisamente la realidad está hecha de pequeños instantes.

El día último de la insurgencia arequipeña, se oyó en la Plaza de Armas, nuestro carnaval. Mijail Bajtin refiere que: “A diferencia de la fiesta oficial, el carnaval era el triunfo de una especie de liberación transitoria, más allá de la órbita de concepción dominante”. ¿Cuál era esa liberación transitoria en nuestro caso? Que nos escuchen o, por lo menos, que hicieran el ademán de escucharnos.

En fin, el casi olvidado Acuerdo de Arequipa funcionó sólo como una anestesia local, para evitar que ciudades como Tacna, Juliaca, Puno, que ya exacerbaban los ánimos, se levantaran. La danza carnavalesca celebraba un “triunfo de la democracia” irreal, ilusorio (nunca se logró la anulación de la licitación de Egasa y Egesur ni de las privatizaciones), pero efectivo, como cualquier placebo, así funcionó el supuesto diálogo con el gobierno.

Finalmente, de la democracia, los pensadores más lúcidos refieren que no es el mejor sistema de gobierno, sólo el menos malo. Quizás es la única fórmula ilusoria que atenúa o disfraza el instinto jerárquico del hombre.


Tomado de aquí.

(*) Ensayo que mereció el 1er premio del "V Concurso Literario de Poesía, Cuento y Ensayo Breve 2011".
(**) Estudió Literatura y Linguística en la UNSA.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Sobre la coca y el simbolismo de lo blanco (*)

"[L]a Mama Coca, planta sagrada".

Por Fredy Almílcar Roncalla

“ El mundo moderno, occidental y cristiano
ha reemplazado la búsqueda de la salvación
por la búsqueda de la salud, a los sacerdotes
por los médicos y psquiatras y tiende,
en general, a medicalizar la vida entera.
No resulta extraño, por ello, que justamente
entre médicos y psquiatras hayan surgido
inquisidores, exorcistas y extirpadores de
Idolatrias”.
(1)
Para nosotros, los andinos, es necesario tener bien en claro cuáles son nuestras metáforas cada vez que los discursos oficiales nos aluden. Una desvirtuación paranoide, en principio, y etnocida o de largo alcance, en el discurso oficial de las drogas hace que la posición central, comunal, ritual, cultural y religiosa de la coca sea desplazada por la fascinación occidental por los discursos y dinámica de la polución. Si la economía, la poética, el erotismo, las aperturas y cerrazones existenciales, y la violencia que acompañan a la cocaína confluyen en una gran polución del espíritu y el cuerpo occidental y sus allegados, el origen de esta polución tiende a ser como no autogenerado, sino como hechura de alguien a quien los antiguos inquisidores se deleitan mandándolo a la hoguera: el otro. En este caso, el indio.
Pero dentro de nuestra tradición comunal andina se sostiene que la Mama Coca tiene carácter sagrado (2). Esto es importante. Parte de su sacralidad se debe a su carácter eminentemente cohesivo y mediador. En el ritual, la comunicación entre humanos y dioses no es posible sin la presencia de la coca tanto en el pago como en la ofrenda, como en su chaqchado, uno de cuyos efectos es el darnos una actitud meditativa y reverencial. La buena conducción abre la posibilidad de la abundancia cósmica. La hoja de coca es también uno de los medios por los cuales el adivino puede resolver ciertos enigmas del tiempo y los efectos. Ella acompaña a la comunicación entre los humanos en reuniones comunales, en descansos en la jornada de trabajo, y en la soledad misma. Media también en la relación violenta de ciertas enfermedades con el cuerpo y, en condiciones normales, sirve como un importante suplemento alimentario. El cultivo de la coca en la amazonía y su consumo tradicional en los andes ilustra también un aspecto de la integración y complementariedad de los pisos ecológicos.
Al igual que la papa, el camote, los frijoles, la quinina, el caucho, la yuca, el tomate y el algodón, la hoja de coca es parte de una larga tradición de productos andinos, amazónicos, mesoamericanos, indios, que terminan ya sea en su forma original o en sus derivados teniendo un rol central dentro de la economía del mundo (3). Esto sucede de manera más visible con los minerales. En ambos casos, los productos originales no sólo de los andes sino de otros territorios indios, sirven para llenar ciertos vacíos sistémicos del imperio, pero siendo transformados y banalizados en el proceso. Así, fuera de su contexto y su coherencia original, el verde profundo de la coca –espeso y lleno de sugerencias, como si se tratara de la piel de un animal sagrado- ha sido reemplazado por una necesidad profunda y contradictoria del espíritu occidental: el simbolismo de lo blanco que construye sus dulzuras y sus horrores, mediante una oposición obsesiva y mutilante con lo oscuro.
Si en occidente el simbolismo de lo blanco cubre lo divino, lo racial, estético y racional, no parece casual que, en el momento postmoderno, la droga (4) que marca la polución necesaria sea el oro blanco: la cocaína. En la década de los sesenta y la primera mitad de los setenta, las formas de vida contraculturales de occidente habían encontrado ciertas drogas que ayudaban al carácter expansivo de su búsqueda existencial. La marihuana, el ácido, la mezcalina, el San Pedro, el Peyote, los hongos, la Ayahuasca y el hachís, eran los vehículos, por los cuales toda una generación se lanzó a recuperar y expresar una parte reprimida y escondida de la cultura occidental: el caos y la irracionalidad. Los momentos más visionarios de esta contracultura produjeron un rico bagaje espiritual y corporal y hacían suponer que la revolución y el gran cambio estaban a la vuelta de la esquina. Pero a la vuelta de la esquina hay un reflujo conservador que se da a partir de la crisis del petróleo y hace que la metáfora de la paz de los hippie vaya siendo paulatinamente reemplazada por los mil rostros de la violencia y la muerte que acompañan a los periodos de profunda cerrazón. Es entonces, que el oro blanco de la cocaína, un producto que ya había asistido al nacimiento del psicoanálisis, a la adicción a las bebidas gaseosas y tal vez a las bifurcaciones existenciales de las vanguardias artísticas, deja su puesto modesto en el escenario de la polución y toma un resplandor central.
En estados de alteridad de la conciencia, la individualidad atomizada se revela contra su condición cotidiana. Una mínima familiaridad nos hace ver que un aspecto central de su poética es el de la exaltación de la comunicación, cosa que vamos haciendo con una intensidad agotadora, como si estuviéramos a punto de alcanzar la unidad perdida. El espacio del éxtasis –embriaguez de falsa conciencia y erotismo abismal- propiciado por la cocaína se aparta del orden cotidiano para crear una ambigüedad deslumbrante, movida por la ansiedad y la angustia. La huidiza plenitud siempre parece estar detrás de la próxima dosis, y las palabras que habían tratado de comunicarlo todo, sobrevuelan los vientos confusos de las resacas. La llegada es siempre imposible. En determinado momento la profunda y fascinante poética de lo blanco revela también, que lo blanco, como ausencia de color, esconde un profundo vacío. Aquí, lo que hace la Mama Coca por intermedio de una de sus crías, es solamente revelar una contradicción profunda del espíritu: esa necesidad humana de que el éxtasis y la muerte se toquen a cada paso (6). Si la compulsividad de la cocaína nos da una falsa ilusión de poder y megalomanía en el flujo y, una sensación abismal y paranoica en el reflujo, su carácter adictivo y la gran cantidad de capitales que genera ponen a su poética y economía, a su simbolismo blanco, casi como una necesidad sistémica. Todo lo cual es decir que los billones de dólares de la economía de la cocaína tienen su origen en ciertas contradicciones existenciales y sistémicas de los países consumidores, y que sólo más tarde pasan a ser un pilar más en la economía de los traficantes y campesinos cultivadores, y también de los países productores. Ahora bien, la violencia es un elemento central tanto de la economía como de la poética de la cocaína.
Hablar de la economía de la cocaína desde un punto de vista delincuencial, en donde se mezclan indistintamente la exuberancia de los capos colombianos, los dobles estándares de los policías y gobernantes corruptos, la participación de las guerrillas a favor y en contra de la economía capitalista mundial, los grandes mercados de carros de lujo de los jóvenes de los barrios pobres de las grandes metrópolis, el auge económico de los traficantes de armas, la proliferación de callejones sin salida de los adictos pobres, los estragos corporales de una generación de jóvenes paqueteros perdidos históricamente, y la agresividad económica de los corredores de Wall Street, es ya parte de toda una retórica represiva e informática oficial. Las retóricas no andan ahí por gusto. Aquí, en primera instancia, ponen a la sociedad oficial a la defensiva para que esta pueda defenderse moral, policial o militarmente, contra la “oscura” amenaza a sus valores. Pero también, como cualquier otro acto ideológico o como enunciado categórico, esconden algo.
El espacio de éxtasis producido en el lado del consumidor parece olvidar el trabajo y los trabajadores que generan todo esto: esta riqueza ha sido producida por miles de campesinos andinos y amazónicos que, atraídos por la posibilidad de ingresos inimaginables de otra manera, operan en un espacio de violencia, corrupción y terror. ¿Es por eso que hay una angustia inexplicable que acompaña al consumo de la cocaína? La transformación del trabajo, la explotación y la violencia de los espacios productores nativos en elementos centrales, deslumbrantes, cargados de simbolismo blanco, de la economía política y simbólica del imperio es algo que ya se ve en la temprana economía de la plata, cuando miles de seres humanos mueren en las entrañas de los andes, y obligados a trasgredirle equilibrio interno de los Apus, para activar la economía de los reyes, banqueros, y piratas de Europa. Hay pues, en ciertas zonas del simbolismo blanco, una imagen refleja de un profundo espacio del terror. Objetivamente, este espacio del terror está generado por la centralidad del simbolismo de lo blanco y no a la inversa. Pero ideológicamente son los otros, los oscuros, a los que se le da la responsabilidad de generar la polución que amenaza a una sociedad paranoica.
Lo único que hace este trasfondo histórico es darle más dramatismo a un espacio de violencia muy real en el cual, sin embargo, se mantiene un equilibrio muy precario entre una serie de elementos: las necesidades de los campesinos productores, la actuación ambigua de las guerrillas, el aparato represor-corruptor del estado y la intervención erradicadora-consumidora del imperio. Que éste equilibrio precario, cuya válvula de escape es un desangre de baja intensidad en algunos de los actores, pueda romperse en cualquier momento, no seria nada sorpresivo, con consecuencias desastrosas para miles de seres humanos.
El necesario cuestionamiento de los intentos represivos imperiales, no debe dejar de reconocer que el eje central de este espacio violento es la actitud paradójica del imperio que por un lado crea la necesidad espiritual de la polución y por otro, trasforma a los productores en chivos expiatorios. Así, el imperio y el campesinado andino y amazónico parecerían estar en una contradicción irreconciliable, que sin embargo alimenta una millonaria economía. Todos los demás elementos son apenas mediadores y, parten de una economía simbólica en donde el imperio, incapaz de reconocer la profunda contradicción espiritual de su simbolismo blanco,
proyecta la resolución violenta de esa contradicción en el cuerpo y el trabajo de los campesinos. Una vez extraído el trabajo del campesino y del indio, hay que eliminar su otredad utilizando también elementos “nacionales” como parte instrumental y periférica del amenazado “yo” o “sujeto” occidental. El imperio necesita de esa violencia para expiarse a través del otro, y no sabemos qué pasaría si de pronto la amazonía andina deja de producir por completo, o si los requerimientos industriales de la transformación de la coca en cocaína dejaran de ser una seria amenaza al balance ecológico de las selvas altas.
Si el simbolismo de lo blanco había producido su imagen inversa al intentar, en última instancia, cortar de raíz nuestra continuidad cultural, tal parece que la Mama Coca, planta sagrada y poderosa, había creado su imagen inversa al resaltar los lados violentos y desbalances espirituales de ese simbolismo.

Brooklyn, 1990
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(*) Tomado de Escritos Mitimaes, hacia una poética andina postmoderna, Barro Editorial Press, New York, 1998, p. 21-25.
1. Tienen una base matemática y astronómica tan sólida y sofisticada como la del “tiempo real” occidental.
2. Cuando hablamos de este carácter sagrado debemos tener cuidado en señalar que distamos aún de un conocimiento cabal de la espiritualidad expresada por el símbolo de la Mama Coca. Muchas veces el descubrimiento crítico merma la totalidad evocadora.
3. Sabido es por ejemplo, que la papa resuelve los problemas alimentarios de un pueblo europeo que a su llegada no podía alimentarse adecuadamente, pero que sin embargo había adoptado el desarrollo de las armas y el monoteísmo como marcas de civilización. Ver: Jack Weatherford , Indian Givers, Grown Publishers, Inc, NY, 1988.
4. Tenemos que repetir otro lugar común. Fuera de ciertas realidades bioquímicas, las drogas son mas una construcción cultural que una realidad autoevidente. Por ejemplo, alcohol, el tabaco y los antibióticos, pese a tener un efecto bien fuerte en el organismo, no son considerados como drogas.
5. Baldomero Cáceres (op. Cit. Pp 19) ilustra que... los científicos occidentales... con su habilidad método desintegrador, separarían uno de los elementos contenidos en la hoja (el erythroxlon de Gardeke... llamado más tarde cocaína por Nieman... ), al cual, arbitrariamente, se redujo todos sus efectos”. Si la coca es un producto andino, la cocaína es un producto occidental.
6. Las contradicciones y paradojas acompañan siempre al ser humano. El problema no es la existencia de paradojas sino la forma en que se brega con ellas. Esta dinámica, bien entendida por el calendario ritual de las sociedades primales en donde el rito reconcilia con la otredad reprimida por el orden cotidiano, es muy peligrosa en una sociedad unidimensional en donde las religiones oficiales han creado un circulo del terror que defiende a lo blanco de lo blanco sin que el espíritu tenga la guía suficiente para enfrentar y reconciliarse con el caos.

Tomado de aquí.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Dos versiones de Aguirre


Por Javier de Taboada

Lope de Aguirre (1510-1561) fue uno de tantos conquistadores españoles de la segunda hora. Nacido en Oñate, llegó al Perú pocos años después de que las hazañas de Pizarro y el fabuloso imperio incaico dieran la vuelta al mundo y atrajeran a tantos como él, en busca de gloria y riqueza instantáneas. Participó en las guerras civiles entre los conquistadores, luchando del lado del Virrey contra Gonzalo Pizarro, y formó parte de la expedición comandada por Pedro de Ursúa en busca de la mítica ciudad de El Dorado. Pero Aguirre no se ganó su lugar en la historia por sus descubrimientos geográficos o servicios militares, sino por su locura y su crueldad. El Loco que persiguió durante años y por todo el Virreynato al juez que se había atrevido a mandarlo azotar por quebrar las leyes de Indias, el Traidor que desafío al mismísimo Rey de España y le declaró guerra a muerte, El Tirano que ejecutó a decenas de sus propios soldados y de civiles por sospechas fundadas o infundadas de conspiración son las figuras de la desmesura que albergaba su cuerpo contrito y contrahecho. Por esta desmesura, y porque su historia está íntimamente ligada a uno de los mitos esenciales del imaginario americano, como es el de la búsqueda de El Dorado, la figura de Aguirre ha fascinado en todas las épocas a los historiadores, escritores y artistas de nuestro continente y de Europa. Por lo menos 2 cineastas de talla mundial, Werner Herzog (Aguirre, la ira de dios, 1972) y Carlos Saura (El Dorado, 1988), así como 4 escritores destacados, el venezolano Arturo Uslar Pietri (El Camino de El Dorado, 1947), el español Ramón Sender (La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, 1968), el argentino Abel Posse (Daimón, 1978), y el también venezolano Miguel Otero Silva (Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, 1979) han abordado in extenso el personaje en sendas novelas. No son por cierto las únicas figuraciones de Aguirre en la ficción, pero quizás sí las más representativas. Por ahora me concentraré únicamente en las dos primeras novelas referidas, dejando para otra oportunidad otras de las versiones sobre este ubicuo personaje.


Pero antes se hace necesaria al menos una apretada síntesis de la jornada al Dorado. La expedición, como dijimos, estuvo a cargo del gobernador Pedro de Ursúa, quien hacía poco había rendido importantes servicios a la Corona al reprimir una masiva sublevación de esclavos negros en Panamá, y financiada por el propio Virrey del Perú, con la esperanza de que la promesa del enriquecimiento instantáneo alejaría de Lima a los díscolos y perturbadores (como el propio Aguirre). La expedición empezó con malos presagios, ya que muchos de los bergantines construidos durante largos meses para atravesar el Huallaga se hundieron apenas echados al agua, y los españoles se vieron obligados a apiñarse y abandonar la mayor parte de sus pertenencias en tierra. Unos 3 meses después, los soldados estaban hastiados de la inactividad de sus días en la balsa, de las inclemencias de la selva y de la ausencia de noticias sobre el Dorado. A falta de otro culpable, y con no poca envidia, muchos acusaban a Ursúa de olvidar sus responsabilidades de líder por dedicarse a atender a su amante mestiza, la bella Inés de Atienza. Los amotinadores, entre quienes empezaba a destacar el liderazgo de Lope de Aguirre, finalmente asesinan a Ursúa y sus capitanes, y nombran como nuevo jefe a Fernando de Guzmán, un noble castellano que tenía los pliegos necesarios para el cargo. Pero acá asoma la desmesura de Aguirre, que no se conforma con cambiar de jefe, sino que hace nombrar a Guzmán como Príncipe y a todos los soldados renunciar a la soberanía de Felipe II en un documento escrito que él firma como “el traidor”. Además, convenció a sus huestes de que la conquista del Dorado no valía la pena, y lo que había que hacer era volver al Perú, para hacer la guerra a los funcionarios del Rey y tomar por fuerza el Virreynato. De modo que continúo navegando en el Amazonas hasta llegar a su desembocadura, ignoró olímpicamente los supuestos indicios de cercanía de la tierra soñada, y no paró hasta desembarcar en la isla Margarita (cercana a las costas de Venezuela), donde tomó preso al gobernador y principales, y estableció un reinado de terror mientras reparaba sus naves para emprender el viaje hacia el Perú. Tanto en la isla como en el trayecto por el río se multiplicaron las ejecuciones arbitrarias (entre ellas la del nuevo Príncipe), ya que Lope siempre sospechaba estar rodeado de traidores y cobardes. Posteriormente, desembarcó en Venezuela pensando llegar por tierra hasta Lima, logró hacerse de algunos poblados que sus habitantes habían abandonado al enterarse de su cercanía, y finalmente, pese a su superioridad numérica y de armas, perdió frente a las esmirriadas fuerzas reales, ya que la enorme mayoría de sus soldados se pasaron, primero de a pocos y luego masivamente, al campo del rey, acogiéndose a los perdones que ofrecía el gobernador para quienes lo hicieran. En su hora final, Lope mató a su propia hija para que no fuera “colchón de bellacos”, y murió de dos arcabuzazos. Su cuerpo fue desmembrado y su cabeza colgada como ejemplo para los rebeldes.


Tanto Uslar Pietri como Sender (a diferencia de otros autores) se atienen más o menos fielmente a estos hechos. Uslar Pietri, con un sentido de la acción narrativa que podría calificarse como cinematográfico, se atiene en buena medida al género de la novela de aventuras. El comienzo de la novela, de notable factura, permite dar una idea del estilo del venezolano de aproximarse al centro del relato de forma progresiva y como a través de círculos concéntricos. La novela comienza con el viento del Mar del Sur soplando sobre la costa del Perú. El narrador, como replicando la gran panorámica de una cámara, sigue al viento en su movimiento ascendente hasta la sierra, pasa fugazmente por Cusco, Lima y Trujillo, ciudades principales del Virreynato, atisbando algunas imágenes y sonidos, y finalmente se despeña en los picos más altos de la cordillera. Allí se convierte en niebla y se descuelga lentamente por el lado opuesto de los Andes, hasta llegar a Moyobamba. La cámara entonces (o foco, si se prefiere el término estrictamente narratológico) atraviesa bosques y campamentos de indios hasta fijarse en la luz de una antorcha sostenida por un mulato. Entonces empieza la acción. Y la acción que se empieza a contar es la de un personaje muy secundario de la expedición, el padre Portillo, quien es obligado con engaños a contribuir a su financiamiento. El siguiente capítulo nos mostrará, en una nueva panorámica, la vida en Santa Cruz de Saposoa, mientras los expedicionarios aguardan la culminación de los barcos. Escuchamos el ruido de la lluvia incesante, el de la tos de los enfermos, las pláticas y murmuraciones que nos dan una clara idea de las tensiones en el campamento, antes de instalarnos en la tienda del gobernador Ursúa. Aguirre aparece como un personaje secundario, entre varios otros, (aunque desde el comienzo con un aura de inquietante escalofrío), que sólo en la medida que avance la novela va a ir cobrando mayor protagonismo hasta tomar por asalto tanto el poder como el relato. Con una efectiva combinación de mirada panorámica y atención al detalle, Uslar Pietri respeta el principio realista de mostrar y no decir, sin explorar demasiado en la psicología de los personajes sino mas bien concentrándose en sus acciones, como es característico en la novela de aventuras (recuérdese el prólogo de Borges a La invención de Morel). El relato es un convincente y apasionante relato en donde las cuerdas están tensadas de tal manera que la situación se torna siempre insostenible, ya desde el principio para Ursúa, pero pronto también para Guzmán y para el mismo Aguirre.


Muy distinta es la aproximación de Sender, ya que si el venezolano actúa como novelista y guionista, el español asume un rol más cercano al de cronista e historiador, y a veces parece incluso abrumado por el peso de la historia. En contraste con el comienzo arbitrario, pero imaginativo y efectivo que reseñamos de Uslar Pietri, Sender empieza poniendo fechas (“El año 1559..”, primeras palabras del texto) y reseñando la historia de Pedro de Ursúa antes de la expedición al Dorado. Y si el narrador-camarógrafo buscaba volverse invisible, el cronista reivindica la propiedad del relato en sus cortas pero elocuentes acotaciones sobre el tejido de la trama: “como dije antes”, “como diré más adelante”. Las acciones resultan principales o secundarias, así como los personajes, en base a una perspectiva histórica y jamás en base al capricho del narrador que elige enfocarse en ellas. Así, el episodio del padre Portillo, que abría la novela de Uslar Pietri y ocupaba su primer capítulo, es reseñado de forma impersonal en par de párrafos para ilustrar las astucias de Pedro de Ursúa. Asimismo, su fascinación por las fuentes históricas lo lleva no sólo a reproducir in extenso los documentos originales atribuidos a Lope de Aguirre, sino incluso a inventarse algunos apócrifos. Esto último es un buen indicio de la concepción de la literatura detrás de la novela histórica de Sender. Mientras que Uslar Pietri simplifica, corta y recorta la historia, la somete a ampliaciones y reducciones para así convertirla en literatura, el procedimiento de Sender para operar la transmutación es el de densificarla, rellenar con la caracterización y el detalle el frío dato histórico. Así, por ejemplo, de cada uno de los soldados ejecutados por Lope de Aguirre, se ofrece una rápida semblanza, de sus aficiones o manías más saltantes antes de despedirlos definitivamente de la historia (y de la Historia). La literatura es pues aquí la complementación de la historia, el llenado de sus inevitables vacíos, su en-carnación


Lo que se gana con la perspectiva de Sender con respecto a la de Uslar Pietri es una comprensión más compleja de las situaciones, un entendimiento más cabal de las motivaciones de los distintos personajes principales. En la versión simplificada de la novela de aventuras, los personajes de reparto son un poco monigotes, su psicología está reducida a algunos rasgos esenciales. Pedro de Ursúa es necio e imprudente; Fernando de Guzmán, un aterrado prisionero de circunstancias que lo sobrepasan (bastante menos caricatural, sin embargo que el Guzmán de Herzog). Sender en ambos casos se permite mostrar su habilidad, su capacidad de mando y de tomar decisiones inteligentes, así como también los errores de estrategia que los conducen a su trágico final. En contraste lo que se pierde, o mejor, lo que se gana con la perspectiva inversa, es el costado más insólito, desmesurado y fantástico de la historia de Aguirre, que permite la seducción literaria de un lector no especializado. Así por ejemplo, para Uslar Pietri Aguirre nunca duerme (lo que le da un carácter demoniaco y espectral), mientras que Sender racionaliza la leyenda y explica que “cuando dormía dos o tres horas tenía bastante y no quería más” (56). Para Uslar Pietri, los asesinatos de Aguirre no tienen ninguna otra lógica que la del capricho, la venganza y la crueldad. El Tirano es construido como un maniaco-depresivo que a veces muestra una extremada cortesía y respeto por sus súbditos (como cuando ofrece, en repetidas ocasiones y sin que nadie se lo pida, respetar la vida y pagar por los bienes de los vecinos de las poblaciones adonde llegan), para luego embarcarse en frenéticos ataques de violencia en los que no evita mancharse las manos de sangre. Sender transfiere la función de verdugo a los negros de la expedición y eventualmente a algunos españoles, y además trata de racionalizar lo más posible los crímenes, explicando en cada caso su función en obtener y conservar el poder, aunque llega un momento en que la total irracionalidad de su gobierno se hace inevitablemente manifiesta. Con todo, el novelista español logra construir un personaje un poco más plausible, mientras que el venezolano talla una figura legendaria y terrorífica. En conclusión, El camino de El Dorado es una novela más apasionante, construida con mayor atrevimiento y arte literario, en donde la técnica es más depurada precisamente por ser más invisible, en donde los elementos están cuidadosamente contrapesados y no hay lugar para la hojarasca, y dirigida hacia cualquier lector capaz de disfrutar de la magia de un relato. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre prefiere claramente un lector aficionado a la novela histórica o interesado en Lope de Aguirre, explora con seriedad y honestidad la dimensión histórica de este personaje central del imaginario americano y ofrece un retrato más convincente de la época y la mentalidad de los conquistadores. Por algo se dice que cada novela pide su lector.


Tomado de aquí.

lunes, 29 de agosto de 2011

Ángel eléctrico. Un paseo inmoral con Gustavo Cerati en Arequipa


Por César Gutiérrez

Track1.- Es nuestro Bowery. Es nuestra South Street de bolsillo, nuestra Abbey Road de crepé. Y corre desde la Plaza de Armas hasta el parque San Francisco. Desde ese parque, los que entonces éramos lo que éramos y éramos unos perfectos delicuescentes juveniles en combustión perpetua, despegábamos diariamente rumbo a las estrellas: cuatro de la mañana y continuábamos trasladando líquidos del polietileno al cristal: batir.
Era la calle de leguleyos, tinterillos, tramitadores, jurisperitos y similares: fauna residual, ya se sabe. Hasta que en 1994 el improbable dueto compuesto por un rockero arequipeño y un comerciante suizo generó la presencia de un pub con demasiado olor a pop. Y la calle se llenó de bares. Y con los bares llegaron los borrachos. Y ya se sabe: nevada + alcohol = crimen.

Track 2.- Estoy parado en el lugar exacto del crimen (¿Qué otra cosa puedo hacer? / si no olvido, moriré). Estoy parado en el ángulo agudo de San Francisco con Ugarte, es la 1.09 de la madrugada del viernes 15 de setiembre, siete líneas de orín sin zigzag se arrastran desde el edificio de La Positiva hasta el Convento de Santa Catalina, el origen es una station wagon con las puertas abiertas y siete bestias con sorround bailando en ese vaho aceitoso que precede a la guerra. Baila la guerra y yo necesito una cápsula que me dispare bien lejos. Hasta que, de pronto, frente a mis ojos aparece Gustavo Cerati, en vivo y en directo.
—¿Gustavo?
Los enormes ojos azules de Cerati me examinan velozmente, sus labios pronuncian algo así como un cómo andás y luego él, sus ojos, su piel de denim, sus dos chicas y su leyenda se pierden calle abajo, esquivando borrachos.

Track 3.- La noche previa, el editor de esta revista y un seguro servidor habían estado en casa de este último escogiendo algunas joyas del arte moderno (Ahí vamos, Hip-o Records, 2006): entre Jugo de Luna y Lago en el Cielo, el primero se decantaba por el segundo y el segundo por el primero. Luego se procedió a doblar el codo mientras en el dvd desfilaban: Lisa, Te llevo para que me lleves, Pulsar, Puente, Paseo Inmoral, Tabú, Engaña, Río Babel, Cosas Imposibles, Karaoke, Artefacto, Canción animal y Corazón delator por gentileza de Image Entertainment, 2004.
Luego, las trece canciones del Ahí vamos volaron hasta el i-Pod y la noche se hizo Déjà Vu: bailar. Al despertar, ambas canciones seguían girando en la coctelera de mi cráneo como las aspas de un helicóptero Apache en Bagdad.

Track 4.- 1:09 a.m.: acabo de salir del Ad Libitum y espero al señor editor y a otro amigo porque queremos ir a bailar otra vez. Como una exhalación, acaba de pasar Cerati y mis docmartens cobran vida propia: empiezan a duplicar los pasos del ex Fricción, del ex Soda, del dueño del disco eterno y del sueño estéreo que está sobrevolando nuestra pequeña Ciudad de la Furia: avanza rápido y avanzo rápido, diez pasos y lo tengo en la mira, cinco más y logro cazarlo a la altura del Pasaje de la Catedral:
—Gustavo, hace muchos años te entrevisté en tu estudio de Suipacha, soy el periodista inútil de la grabadora que no funcionó. Espero que hayas olvidado ese incidente, pero espero que no te hayas olvidado de mí.

Cerati frena un poco, sus dos chicas me miran, las luces del portal de Flores nos empiezan a lamer, Cerati vuelve a acelerar, Cerati me examina mejor, Cerati gira levemente y luego Cerati me está dando la mano:
—Ché, ¿como andás? ¿Todo bien?

Track 5.- La chispa de un alerón incrustándose en mis ojos es el preámbulo de un suave aterrizaje en Ezeiza, el brillo de una minifalda de cuero negro es mi guía en Sadaic y luego estoy en la sala de prensa de Soda Stereo —Suipacha al 300— mirando la curvatura de la Tierra: Cerati me dice muchas cosas mientras toma Cocacola y yo no me percato que las rueditas de la grabadora no se mueven. Pasa la media hora reglamentaria y dos periodistas chilenos esperan su turno. Gustavo, le digo, no ha grabado nada, pero no importa, para eso está la memoria. Cerati me dice sentate, probá otra vez, Cerati se queda allí y me pide rehacer la entrevista, no lo puedo creer, sabía que eras amable pero no tanto, andá me dice, andá, rec, la grabadora empieza a andar y más avergonzado de lo debido empiezo a darle otra vez al cuestionario.

Era 1995 y el planeta flotaba en Sueño Estéreo.

Track 6.- 1:14 a.m.: Gustavo Cerati tiene una cerveza en la mano y una chica a su costado, la otra chica camina conmigo, ¿de donde eres?, colombiana, las dos somos de Medellín, ajá, ¿se acaban de enganchar en la gira?, sí, la semana pasada, ajá, ¿son groupies?, noooooooo, protesta, sonríe, tiene una sonrisa marca Fresh, la chica que está con Cerati es preciosa, ¿son modelos? , pregunto, dice no, amigas de la música nada más, la colombiana habla cantando, la colombiana es guapísima y tiene un excelente sentido del humor, ahora hemos llegado al vértice de la Plaza de Armas con la Catedral, el cantante se sube a las escaleras de mármol y estira las manos, sorbe un trago de su cusqueña, ¡¡¡Cerati!!!, gritan de la acera de enfrente, de los arcos del portal, viene un muchacho, debe tener unos 24, hola Gustavo, soy un fan tuyo, le dice, el muchacho desgarbado parece un loquito de la calle, Cerati le da la mano, Cerati le sonríe, parece estar feliz: Cerati se acerca y me pregunta donde hay un bar abierto, yo miro hacia arriba, miro hacia ese extraordinario mirador con chelas sobre el Hotel Portal en el que pasé algunas tardes con esa chica turca, pero está cerrado, le digo, le digo también que para eso es mejor volver a la calle por la que vinimos, allí están todos, Cerati me dice ok y me ofrece su botella, gracias Gustavo, salud, bebo y se la paso a la colombiana de mi costado, ¿eres del cartel de Medellín?, le digo, su sonrisa rebota en las cuatro columnas de la Catedral, ¿y este es tu amigo?, contraataca ella, no, mis amigos son peores, sonríen las dos, Gustavo se acerca y nos dice ¿vamos?, entonces me acerco a él y empezamos a caminar calle arriba.

Y entonces me siento como el piloto de un bombardero nuclear que tiene el mejor copiloto y la mejor tripulación y se dispone a apretar el botón rojo. Cosa que hago en esos momentos y la hermosa ciudad que está en la mira empieza a desaparecer.

Track 7.- —Has hecho un excelente disco, Gustavo. Se nota que tenías muchas ganas de volver a la guitarra…
—¿Así? Mirá vos, me alegra eso…
—¿Cuál te gusta más? ¿Jugo en el cielo o Luna en el lago? —le pregunto, haciendo un juego de palabras con ambas canciones, Cerati sonríe, desde la vereda de enfrente no se oyen los disparos pero se ven los flashes, están empezando a ametrallarlo, estoy en la misma trinchera y es inevitable que me caigan las esquirlas.
—Sí, bonito juego de palabras.
—A Federico Moura le encantaba jugar con eso, ¿no?
—Sí, pero más a Jacobi, que era el que más letras ponía. ¿Vos conociste a Federico?
—En Lima, la única vez que vino. Pero en Buenos Aires fui hasta su tienda de diseño en Suipacha, cerca de vuestro estudio, pero nunca llegué a conocerlo realmente.
—Un genio Federico, me dolió mucho como terminó todo eso, fíjate que él acababa de colaborar con nosotros, acababa de producirnos el primer disco y se fue a Brasil, pero cuando…

1:22 a.m.: Hemos llegado al ecuador de la calle y las chicas, que venían atrás, irrumpen: tenemos hambre, ¿acá podemos comer un sándwich?, preguntan haciéndonos frenar en La Alemana, sí chicas, avanti, Cerati se queda conmigo afuera, es cuando aparecen Patrick, el editor de esta revista, y el señor Pato Laguna, Gustavo, te presento a mis amigos, son el terror de esta ciudad, sonríen los tres, se dan la mano, las chicas llaman a Gustavo y Gustavo entra al snack, alguien grita ¡Soda! y los flashes se precipitan sobre la estrella, caen muchos, caerán más, caerán demasiados y sin trueno porque esta estrella está empezando a brillar en esta noche. Y esta noche ya es una noche larga.

Track 8.- Estamos buscando un bar y pensé llevarlo a Estambul, me parece un lugar tranquilo y creo que le gustaría, pero mejor no porque su dueña debe ser la única chica de la ciudad que no sabe quién es Gustavo Cerati, digo, mis amigos se ríen, adentro Cerati está conversando con sus chicas, mejor vamos al Zero, me dice Patrick, el Pato asiente, el Pato no se contiene y entra a decírselo a Cerati, le dice algo más y cuando terminan de comer salen todos, Cerati me dice ¿qué tal es ese lugar?, es el Hard Rock de este pueblo, le digo.
—¿Y seguís haciendo periodismo?
—A veces, eso depende de mi grabadora.

Track 9.- Cerati, junto a Manu Chao, debe ser la estrella más amable con la que he caminado en una calle. Pero, a diferencia del francés, el argentino es más alto y destaca sobre la multitud, Cerati es imponente e inconfundible, Cerati bebe su cerveza y la comparte, sobre todo ahora que estamos llegando a la esquina del crimen y aparece una pequeña nube de cámaras digitales: vuelvo a salir en fotos que nunca veré, Gustavo firma autógrafos, vienen más lapiceros y llueven más flashes y Cerati se me acerca como buscando protección, Ahí Vamos, le digo, suelta una risa larga y avanzamos más rápido, más y más rápido y volteo hacia atrás: Patrick y el Pato hablan muy animadamente con las colombianas, Cerati está algo abrumado y quiere sentarse, ya llegamos le digo mientras doblamos por el enorme pórtico del Zero, subiendo las escaleras alfombradas, deteniéndonos en la puerta, descansando un poco, sudando un poco, mirando cómo las camaritas se han convertido en pequeñas chispas de iridio en esta noche que ya se ha hecho eterna.

Track 10.- —¿Así que sos el Joyce de Arequipa?
Patrick ha subido primero y nos espera en la puerta del bar principal. Juan Carlos Salas, chamán del Zero, acaba de poner El último concierto sin saber que veníamos, razón por la cual, cuando llegamos a la puerta, Cerati nos dice sho no quiero estar en un bar escuchando mis temas, entonces Patrick le pregunta si preferiría, por ejemplo, a Bowie, claro que sí, dice, Patrick va a la barra y regresa levitando junto al Delgado Duke Blanco.
Patrick O’Brien es mi mejor amigo y el Pato uno de los que peor miente en el Perú. Me refiero a lo de Joyce, desafortunado incidente que ocurre cuando estamos sentados en el enorme sillón circular, de izquierda a derecha: ella, ella, Cerati, yo, Patrick, el Pato y el loquito de la Plaza, que se ha filtrado y empieza a remojarse en pilsener. ¿Qué había pasado? Mientras estuve en el baño, Laguna se sentó junto a Gustavo y le habló de mí, de mi chamba, de la curiosa tormentita mediática que rodea la salida de mi primera novela .
—Yo solo leí Dublinenses, jamás pude terminar el Ulises, ¿vos lo lograste? —me pregunta Cerati apenas vuelvo.
—Tampoco pude. Es muy difícil, pero es polifónico, alterna muchas voces, supongo que Joyce ahora sería un Dj.
Cerati sonríe, mi memoria lo trae desde Buenos Aires, lo recuerdo muy amable pero algo parco, no sabía que era tan alegre: no lo conozco casi nada: aquella entrevista, sus declaraciones en la tele y tres dvds no dicen mucho. Pero esta noche está especialmente feliz y dispuesto y pienso que lo del dublinense-diyei puede ser un excelente punto de partida para hablar de samplers.

Track 11.- El romance de Cerati con la electricidad viene de lejos pero se consolida con Melero. Si Dynamo (1992) oficia como piedra de toque (Vuelta por el universo, Toma la ruta, En remolinos, Primavera 0, Luna roja, Texturas) Sueño Estéreo (1995) le sube el voltaje (Zoom, Efecto doopler, Planta, Moirè). Pero la tendencia se agudiza, claro, en Amor Amarillo (Lisa, Te Llevo Para Que Me Lleves, Pulsar, Av. Alcorta, Rombos) y muy especialmente en Siempre es hoy (Cosas Imposibles, Artefacto, Amo dejarte así, Tu cicatriz en mí, Sulky, Casa, Vivo). Reversiones será, entonces, el clímax del remix y los Episodios Románticos la usina donde se cocina su garganta, como Ícaro en el sol.

Track 12.- —¿Tú crees que la electrónica ha "inventado" una nueva tradición o actualiza la ya existente?
—La electrónica sirve para muchas cosas, de hecho genera una nueva estética, crea y recrea una poderosa y nueva tradición, abre nuevos caminos para deconstruir el sonido, posibilita que la música de baile de convierta en el elemento escapista del fin de semana, hace muchas cosas a la vez.
—¿Estás de acuerdo con que el sampler es el gran revolucionario del siglo XX?
—Sin duda, es el gran instrumento del siglo XX, permite jugar con los sonidos, tenés muchos recursos a la mano, ha cambiado la química, la recreación de los espacios, la reescritura de los tempos, reorganiza mejor el caos sonoro, decodifica los patrones originales, cada tecnología trae una nueva manera de enfrentarse ante el problema de la creación, de la autoría.
—¿Y esa es una vena que se agotó para ti?
—Por el momento sí, no sé qué pasará después.
—Sin embargo la onda electrónica en argentina viene de muy lejos, en 1984 conocí por ejemplo a un tipo llamado Carlos Alonso.
—¿?
—Muy amigo de Melero, tenía un grupo llamado Uno Por Uno.
—¿Así? Me suena, me suena
—Claro, tocaba en el Paracultural, era de la movida del Café Einstein, de Cemento, de la Recoleta…
—Mirá vos, no sabía.
—¿Tú no ibas por esos lados?
—No mucho, a Cemento sí, allí tenía muchos amigos.
—¿Coleman, por ejemplo? Al fin están juntos.
—Bueno sí, es muy cómodo tocar con un amigo, la cosa flushe con más, qué se sho, naturalidad, ¿victe?
(Como bien comprenderán, la reconstrucción de este diálogo tiene graves fracturas de memoria tempo/espacial a causa de: 1) la intermitente ingestión de lúpulo y sus derivados 2) la intermitente presencia de fans que vienen y se sientan para la foto/autógrafo/risita y 3) por el peso específico de una estrella, el peso de la estrella más genuina y deslumbrante del rock latinoamericano).

Track 13.- 2:05: En algún momento de la noche me debo haber estacionado junto a Flora, la amiga de la novia de Gustavo. Me habla de la frialdad de los peruanos que contrasta con la súbita espontaneidad de estos tres arequipeños, me hace algunas propuestas que no puedo reproducir pero que Gustavo escucha y dice “no”. Hay una hermosa colección de tragos sobre la mesa, los viajes al baño se imponen. Juan Carlos, director de orquesta del Zero, ha puesto un vigilante en la puerta y se escuchan murmullos, agolpándose. Patrick y su martini son el gran filtro que tienen que superar los postulantes a foto/autógrafo/risita. Cerati besa a su chica, Cerati quiere estar más cerca de ella y entonces todos nos ocupamos menos de ellos y más de nosotros: Flora acaba de adquirir una repentina locuacidad. Los flashes rebotan en el brillo de sus labios, los flashes nos alcanzan, los flashes son pequeños relámpagos que perforan el humo y empiezan a levitar en el vaho eterno de esta noche larga: los flashes nos están conduciendo a un no-lugar en el que las formas primero se estrechan y después se ablandan.
Luego no recuerdo, no quiero recordar más porque todo empieza a desaparecer y a cortarse y a sangrar entre formas de acero inolvidable.

Track 14.- Hace un tiempo atrás / Pensé en escribirle / Que nunca sorteé las trampas del amor / De aquel amor de música ligera / Nada nos libra / Nada más queda.

B O N U S T R A C K
Track 15.- (Noche siguiente: 20:00 Hrs., Cerro Juli)
Gentilmente invitado por la periodista Mabel Cáceres y junto al cineasta mistiano/teutón Miguel Barreda, llego al atiborrado teatro de operaciones. En maniobra de imperecedero criollismo, logramos filtrarnos muy adelante, en el lugar de Cocó Herrera, músico amigo y amigo de los amigos músicos nacionales e internacionales. Cocó cree que esta noche habrán muchas sorpresas, dice: si en el 86 estrenó en Arequipa Prófugos, si el 87 estrenó El blues de Arequipa y el 27 de octubre de 1995 estrenó Té para 3, te aseguro que Cerati algo se trae esta noche.
Ya adentro, el que primero se trae algo es Miguel: tres cervezas negras, claro. Y cuando se empieza a rasgar la cortina blanca y negra del Ahí Vamos, la silueta de Gustavo, el ángel eléctrico, empieza a cortar la noche (21:30). Y entonces todos empezamos a sangrar con los cuatro primeros cortes del último disco: Al fin sucede, La excepción, Uno entre mil y esa primera joya llamada Adiós. Hola Arequipa, dice, lanzando una Bomba de tiempo en clave tribal que será empatada con una Caravana de mil voltios para la primera descarga electrónica (que pulveriza).
Ahora presenta a Coleman–Samalea de Fricción, la escenografía electrónica muta a naranja y las telas del corazón sufren con la primera dosis melancólica: Ecos. Luego dice he aquí un estreno y el duelo de guitarras delinea una extraña, colorida y hermosa Vuelta por el universo. Luego dice no seas hija de puta y Toma la ruta, potencia que viaja hasta estacionarse en las bellísimas Médium y Me quedo aquí para cerrar el set con una delicada versión de Engaña repleta de loops, mutando al boogie. Luego pide silencio y Gustavo Cerati, el maestro, empieza a hacer trepar sus dedos por el diapasón para obsequiarnos, de lejos, el solo más virtuoso y memorable que ser intergaláctico alguno haya generado en estas tierras: es Té para 3, tema con el que primero cava y después baila sobre la tumba de ese anciano predicador llamado Santana.
El rush final arranca con electrónica pura al servicio de la cámara de ecos hasta construir una canción opresiva como un artefacto a punto de estallar, potente como una bomba de racimo con demasiadas horas bajo en el sol. Y cuando la atmósfera ha quedado perfectamente eléctrica, conmovedora y brillante, dice: Richard les va a mostrar la pija. Entonces regresan las guitarras poderosas y, acercándose al house, esculpen esa obra maestra llamada Siempre es hoy seguida por un monumento a la electricidad: Vivo. El asfalto es lujoso, el juego es en pared entre un teclado amable y dos guitarras dulces, paredes que van marcando unos tiempos que los tambores vuelven marciales y una voz que se queda rasgando el aire, estamos en el aire. Y se van.
Más cervezas para mojar el bis que parte con un poema en forma de canción, Crimen, seguido por las chispas de una guitarra disparada contra el oído medio, el acompañamiento es industrial y la voz que nuevamente nos desquicia, Paseo inmoral, hasta la enésima gran explosión de la noche: hace 19 años estrenamos esta canción aquí, en Arequipa, dice. Y ocurre la explosión termonuclear: Prófugos. Para que la velocidad se triture cuando el hierro candente texturado en Fender insista: Gustavo Cerati afila las cuerdas y, con el relámpago, borda una de las canciones más hermosas jamás creadas por el hombre: Lago en el cielo.
Luego tiende un Puente enorme, sólido, eterno, invulnerable antes de ir picando las cuerdas hasta acercarnos a esa especie de Shangri-La llamado Jugo de Luna, una obra maestra que solo puede estar a la altura del mejor artillero y del mejor letrista en lengua española: esa canción glam, cortante, de niebla, de ecos rebotadores, esa canción en la que Gustavo expone su vena Sci-Fi se transforma en un come down de grado o fuerza: alud plateado / en este cuarto no hay gravedad / empiezas a temblar…
El final potente, largo, recargado, el final es un fuego cruzado que florece en un clima de nostalgia futurista ejerciendo tracción sobre una voz que se desangra en su cárcel de vidrio: solo después de haber agotado tantos Signos que corren por las venas, salgo del Ruido Blanco o de esta Canción Animal o de este Sueño Estéreo alimentando los motores de un Dynamo que dispara mi Doble Vida hacia espacios de Confort y Música para Volar: burbujas de luz entre oropeles, tensiones que se arropan entre explosiones, Cerati es un sujeto francamente admirable.
Aunque, claro, estas son cosas que no se le pueden decir cuando has prometido enviarle una crónica larga de esta noche eterna y empiezas a estimarlo como amigo.


Tomado de aquí.

miércoles, 10 de agosto de 2011

El Dios Quintino

Por Oswaldo Chanove

Todos los poetas son santos. Quintino tendría su puesto en el Escuadrón Azul. O rojo. O verde. ¿De qué color pintaría uno a Quintino? Pero no, Quintino era el Dios, y Dios sólo es un resplandor. Quintino fue un dirigente trotskista que recibió un fuerte golpe en la cabeza. Había estado departiendo cordialmente en un local de higiene sexual en el cercano balneario de Mollendo cuando, inesperadamente, un estalinista le rompió una silla contra la nuca. Todo indica que el daño fue irreversible, que el filo del viejo roble (o cedro) de la silla aplastó algo en alguna parte. Y produjo una hemorragia que dejó sangre seca. Y el coágulo presionaba el seso. Toda una serie de acontecimientos para llegar al punto de quiebre de una vida. Todos esos hechos, esa cadena, para que aquel buen hijo de familia dejase para siempre de expresar frases de sentido común, consignas de la revolución permanente, vivas al Melgar F.B.C.

Quintino había sido el hijo preciado de una estirpe de obreros gráficos que desde el siglo XIX domiciliaban en un par de habitaciones del Castillo del Diablo. Era ampliamente conocido y considerado, por amigos y familiares, y se decía que poseía excelente ortografía, y que los códigos estaban impresos con tinta indeleble en su cabeza, y que ya casi tenía a punto algunas severas reformas. Varios dirigentes de la clase obrera asistieron a la misa de salud que se realizó en la Capilla del Solar. Había sido evacuado de la sala de trauma del Hospital Goyeneche. Pobre hombre. Se loqueó. El reputado siquiatra Dr. Ángel Chicata había prescrito un procedimiento radical. No hay muchos testigos fiables de aquella época, pero no se tiene noticia que un comportamiento violento haya impulsado a recurrir a los electrodos. Más bien parece que fue un acto bien intencionado. Y cuando al fin, un par de años después, fue dado de alta, Quintino empujó suavemente la silla hacia atrás y se incorporó. Empezó entonces a hilvanar una puntillosa declaración. Casi un manifiesto. Anunció (a los amigos y familiares que se habían reunido para agasajarlo en la picantería el Gato Negro, a pocos metros de la calle Puente Bolognesi) que su verdadero nombre era Quintino. Explicó que había descubierto la personalidad secreta de Dios. Dijo que el universo era una monarquía, y que la esencia sagrada del universo era el Quintinol. Las fuerzas negativas, lo maligno, lo vil, lo mezquino, lo malhumorado, lo torpe, lo mediocre, todo, todo ha sido embotellado en unos seres de rostro espantoso conocidos como Sanguinorios. Los Sanguinorios son personajes que en ocasiones visten de blanco. Incluso llevan zapatos blancos y calcetines blancos. Y Quintino aquel día colocó sobre la mesa -empujando su arroz con pato-, un cartapacio repleto con documentos que probaban, que revelaban, que desvelaban por qué se ama, por qué se odia, porque la melancolía es una forma bella de estar triste. Ante la mirada estupefacta de su madre, Quintino sacó varios pliegos de papel periódico. Aquí está el verdadero anteproyecto de las torres de la Catedral. El plano. El croquis perdido. El que fue dictado. El que fue traicionado. A partir de aquella tarde la ciudad de Arequipa fue reconocida para siempre como cuna del Quintinol. Y Quintino era el Dios viviente y sumo pontífice que, cada mañana, despertaba para conducir el nuevo día. Magno pero diligente. Sereno. Siguiendo alguna forma de disciplina. Y normalmente prefería las oficinas oscuras del Palacio Arzobispal, pero no era infrecuente encontrarlo instalado detrás del gran escritorio del burgomaestre. La prefectura era también otro de sus centros de trabajo favoritos. Normalmente era recibido con alegre cordialidad por los ujieres, y, los oficinistas, sin ninguna excepción, alzaban un brazo, o le palmeaban el hombro, o simplemente gritaban entusiastas. Clamaban. Alababan. Vitoreaban. ¡Quintino! ¡Quintino! Pero Quintino no sólo cumplía con sus responsabilidades burocráticas. Su interés por la cultura la granjeó una reputación. Se daba tiempo para presentarse en las aulas del viejo local de la Facultad de Derecho (hoy Complejo Cultural Chávez de la Rosa) para explicar los principios de la jurisprudencia del Quintinol. “La más elevada comprensión se considera la más alta justicia”, decía. “Entender a los seres más allá de sus motivaciones circunstanciales es la ruta del Quintinol.” “La piedad no es fruto de la flaqueza sino consecuencia de una claridad superior.”

Una hermosa mañana de julio me acerqué a Quintino y le estreché la mano. Quintino me correspondió, afable, inmenso, y hasta me dedicó una sonrisa de entendimiento en medio de la multitud. Imaginé que alguien colocaba un lente gran angular de 28 mm en la bóveda. Imaginé que el obturador de la cámara hacía ese hermoso chasquido 36 veces. “El Dios Quintino rodeado de simples mortales”. Agité un poco el vino sacramental frente a mis ojos y me alejé purificado.


Tomado de aquí.

jueves, 28 de julio de 2011

El enigma de Vicente Hidalgo

Por Renato Cornejo-Roselló Dianderas

Figura en Arequipa como escritor extraviado. De vez en cuando su firma estampa varios artículos y escritos sobre cualquier tema que por el estilo de crítica y uso de la razón escrita viajan con destino a la sorpresa. Directos para la delectación de la calidad literaria. Arteros en la ironía punzante. Y sobre todo con una visión alterna de la realidad desapercibida. Originales. Sólo para los admiradores de la belleza y las innovadoras estructuras.

A lo largo de las literaturas que poblaron el planeta siempre hubo extraños casos de obras que fueron escritas por personas o inexistentes o anónimas. En rigor de la singularidad, calidad o más bien rareza (adjetivo honorable en un mar de continuidad y conformismo), estos trabajos vieron la luz sin ser directamente reconocidos por sus creadores. Aunque estos no se sentían avergonzados de los resultados que extraían, no los consideraban merecedores de su firma. No compaginaban con lo que tradicionalmente se les esperaba. Y en vista de estas obras ajenas a su pluma, excluían su nombre o se desperdigaban en otros nuevos. El tono renovador —creían— a lo mejor no les pertenecía.

Muchos son los casos de las transmutaciones de los nombres: Desde los que adrede no consignan su rúbrica por motivos explícitos —no incluyendo el paso del tiempo que borra los sellos de la historia— en donde sus obras terminan siendo anónimas, (acontecimientos frecuentes). A las menciones obligatorias por su trascendencia como Eric Blair, que utilizó como seudónimo: George Orwell; o Neftalí Reyes encubierto en Pablo Neruda; o inclusive Hermann Hesse en Emil Sinclair.
En otros aspectos llega a ser irrenunciable, como lo que le pasó a Aurore Dupin, que se tuvo que ocultar por el machismo intelectual bajo el título de George Sand, que luego tuvo que sostener a lo largo de toda su vida, tal vez por preferencia personal. Y hay momentos en que el juego se desborda, y llega al clímax, como en Fernando Pessoa; el poeta más caracterizado por la búsqueda de heterónimos para matizar su pluralidad de estilos; para no caer en explicaciones redundantes y palabras ociosas. O llegar hasta esa posibilidad de la cual se viene hablando, que la obra de Shakespeare la escribió Bacon (aunque esto más bien parezca novela semi-literaria y neocomercial).

Pero basta de digresiones y datos literarios, no hay mejor ejemplo en la utilización de nombres ajenos que Bustos Domecq, el personaje inventado por Borges y Bioy Casares para abarcar las extrañas mezclas que sólo podían producir dos mentes de ese nivel. Ejemplo perfecto porque calza con la comparación que hoy se quiere hacer. Y lo que ahora interesa es que en nuestro pequeño mundo hubo una historia de estas, la cual aún se viene repitiendo y es la llave de este escrito. Vicente Hidalgo: hoy se resuelven todos tus misterios.


¿QUIÉN FUE VICENTE HIDALGO?

Ni siquiera se llamaba Vicente, sino Eduardo. Y fue un Hombre: mucho más que un simple ser humano. Por el sólo hecho de fomentar el pensamiento dejó de ser cualquiera, hizo un poco más de lo que se esperaba. Vivió en Arequipa, entre las casas de sillar, el devenir del río Chili y las faldas del Misti. Por un tiempo radicó en Chile, durante el gobierno truncado de Allende, estudiando economía; carrera que asimilaba sin dificultades. Y perdura como un muchacho inigualable: siempre joven y vigoroso. Llegó a ser tan inspirador e ilustre dentro del creciente embrión intelectual que se desarrollaba hace tres décadas que luego de su muerte muchos de sus coetáneos —que ahora permanecen y siguen creando— lo tienen en estima y se esfuerzan en trascenderlo más allá de sus propias fuerzas. Por algo se lo merece.

Pero ¿por qué esos intelectuales que aún no son del ayer dedican su preciado tiempo para que Vicente no quede en el olvido? ¿Qué es lo que lo hace tan especial? ¿Qué hace que su personalidad esté profundamente grabada en personas que de por sí ya son singulares?


CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

Desde joven despertó el asombro de sus allegados. Este arequipeño prontamente se relacionó con grupos de personas que tenían sus mismas inquietudes, que buscaban descubrir los mismos hallazgos, y encontrarlos también. En los fines de semana, al despertar la iluminación nocturna, estos muchachos se reunían en lugares determinados para dar acceso al frenesí juvenil. Estas noches de literatura, bohemia y vivacidad no podían carecer de un nombre. Entonces fueron bautizadas bajo el apelativo de las «Noches de la Electricidad». Estos tipos de concilios al parecer han sido olvidados por las juventudes actuales, que ya no se dedican a explotar la cultura que afloraría de su mutuo compartir, y se desperdician ahora en actividades ilusas que se difuminan con el continuo sumar de los segundos.

Sin embargo en la época de Vicente, en su momento, existía esta sólida comunidad, espontánea y sin presiones, donde el punto de inspiración fue siempre él. A menudo lo que más lo caracterizaba era el vigor interno que parecía que nunca se le disminuía; esa actitud repleta de energía que abrumaba y con la que siempre encontraba un escape a la pasividad, una burla a los convencionalismos; la ironía abierta e innovadora; y sobre todo la hilarante forma de ver el mundo, bajo un halo de optimismo con la silueta de una sonrisa.

Vicente (que recibió dicho apelativo a causa de la comparación con el nombre de pila de Van Gogh) actuaba con toda la libertad que le brindaba su conciencia. Ajeno a los prejuicios del común de la gente se desenvolvía sin afectación, y en definitiva por este mismo motivo destruía la modorra visual y mental en que se hallaban los de su entorno, y los dejaba pasmados y con un gesto de complicidad, (pues quizás no todos se atrevían a hacer lo que él ejecutaba, pero no les faltaban las ganas). Podía estar parado cuando todos estaban sentados y al revés cuando todos hacían lo contrario: así era él, un lunático visionario del universo entre los hombres acostumbrados del mundo. A simple vista su única preocupación era la de llamar la atención, pero pesa más su incisiva penetración en las relaciones humanas, a las cuales les rescataba la frescura y la naturalidad. Un hombre como él domina tal poder de concentración que puede deslindarse del mundo. Y en definitiva, por tal razón Vicente se compartía alrededor de las nubes, a su misma altura y no se preocupaba de lo que pasaba en la tierra. Era libre, de preocupaciones y actitudes. Obedeciendo únicamente su inspiración.



EPÍLOGO DE UN DRAMA

Pero es un hecho fehaciente que las personas que tienen esa vitalidad inacabable responden a un patrón ciclotímico, un desbarajuste psicológico, pues también él padecía de momentos de vacío, de incomprensión. Profunda depresión. E inevitablemente tuvo que caer en alguna de éstas, una más fuerte que la otra. Intentó dejar de existir contadas veces, pero sus verdaderos amigos con mucha atención y comunicación atrasaron una decisión inevitable. Solamente la atrasaron, pues el fin del camino ya estaba delineado.

Muy lamentable fue la partida de Vicente. Dramáticamente temprana. Decidió dejar de recorrer mucho camino que veía por delante —tal vez le parecería monótono, no para él. Y no debe ser ocultada la causa del deceso, porque se podría entender, frente a los ojos de los hombres, vergüenza de por medio. Buscar despertar la admiración o el respeto póstumo por un ser que desapareció hace mucho no puede traer contratiempos, ni mucho menos disputas. Más allá de un final desaprobado por la sociedad está un corazón melancólico y una mente inestable en espera de paz. No nos compete juzgar.


UN RETORNO EN LETRAS

Así pues, en la juventud nos abandonó Vicente Hidalgo. Todo el trabajo que pudo ofrecer se quedó en estado preliminar, sin llegar a ser consumado. Se perdió calidad e imaginación con su partida. Pero las personas que le conocieron y supieron reconocer su valor se encargaron de rescatarlo de la muerte absoluta. Sumados a quienes lo vivieron en carne viva, los que escucharon oír de él y lo admiraron por lo que se decía, se unieron en la tarea de inmortalizarlo para nuestra región. Paso a paso lograron su cometido. Y los personajes que realizaron esta tarea —y aún continúan siendo— fueron Oswaldo Chanove, quien conoció a Vicente y llegó a disfrutar de su talante delirante y despreocupado; Óscar Malca, que perteneció al dicho círculo intelectual en las postrimerías, luego de la etapa de Vicente; y Alonso Ruiz Rosas, quien no gozó, también, de la oportunidad de conocerlo.

Ellos en el campo de las letras han ido firmando artículos y escritos con el nombre de nuestro personaje no sólo con la intención de que ciertos sectores intelectuales lo reconozcan y lo almacenen en su memoria, sino que el conjunto de lectores y gente interesada por asimilar la historia de hombres singulares de esta ciudad permanezcan al día y aprovechen los sucesos que de alguna u otra forma tuvieron valía, esencialmente por brindar la renovación a los intelectuales arequipeños de hoy, que forjarán a los del mañana.


DELIMITACIONES DE ACTUALIDAD

Hoy en día el espíritu de Vicente se cristaliza, y desde el otro mundo, gracias a algún inexplicable conjuro intelectual (en el cual es difícil averiguar su gestación), aparece y se manifiesta a través de esas mentes vivientes y despiertas, que por azar del destino, guiados por ventura lo invocan: Oswaldo, Alonso y Óscar se encargan de albergar en su inspiración y sustraer de sus propias cabezas el estilo y el lenguaje que debió mostrar Vicente, en la labor de la escritura.

Para escribir toda clase de artículo, reportaje, poema o cuento, ellos son habitados por el talante delirante de Vicente, y de diferentes ópticas convergen en el mismo motivo. Perdurar a su amigo de la juventud para que llegue a las nuevas juventudes. Para que aprendan de su experiencia, y con mayores posibilidades, puedan escoger sus propios caminos. Sin que una decisión paralela, y censurable, sea la que se entronice, tampoco la que se vilipendie sin comprensión.

Este es un homenaje a Vicente Hidalgo, joven extraño de final trágico. Y en especial es un aplauso deferente y de aprobación a sus amigos de adolescencia, que ejemplifican hasta dónde pueden llegar los valores de la amistad. Cuán grande es su cariño después de tantos años de olvido. Para aplacar las inquietudes que su mención produzca, se le brinda un escrito más, de los muchos que debe haber. En donde se esclareció los puntos que requerían algunos versados sobre sus datos biográficos. Sin referencia a alguna penalidad divina, quizás Vicente estará dando vueltas por las calles de la ciudad, satisfecho de los amigos que hizo en vida, a lo mejor concluyendo, que toda acción tiene su razón de ser, y que todo el imbricado de acontecimientos hasta el día de hoy, obedece a su mejor opción.


Agosto, 2002.


Tomado de aquí .

martes, 29 de marzo de 2011

Miguel Ildefonso: “El poeta tiene el reto de crear una creencia”


Miguel Ildefonso por las calles de Arequipa (Mirador de Yanahuara).

Por Marlene Portugal Portugal


“La poesía es el arte de la lucidez que va más allá de lo racional y de su tiempo, la lucidez va unida a la sinceridad, si no queda un artefacto parnasiano...”, improvisa en su comentario el autor del poemario Las ciudades fantasmas (Premio Copé de Oro, 2001), sobre la obra poética: Lima o el largo camino de la desesperación de Carlos Oliva. “POESÍA Y RUIDO” (enero, 2007), así se llamó el evento en el que Miguel Ildefonso hizo acto de presencia el lunes último, en el recinto de la Alianza Francesa de nuestra ciudad, tras el cual nos confesó que no publicará más por un buen tiempo, porque desea cerrar esta etapa productiva, “es tiempo de reposar el lenguaje, he gastado mis temas y mi lenguaje, ya no quiero repetirme”, revela antes de iniciar el rumbo por unas copas bajo el skate park de la Av. La Marina.


¿Cuál es la diferencia entre ser escritor y ser poeta?
–Formalmente, el poeta tiene un manejo más libre con la palabra, el narrador obedece más a una historia o una anécdota. El poeta tiene una relación íntima con el lenguaje, el poeta se convierte en lenguaje. El narrador utiliza éste para contar cosas sobre otros seres, historias en las que también se ve incluido.

¿El poeta es útil para la sociedad?
–Es una pregunta difícil. Las sociedades cambian y el poeta también, a veces la sociedad puede darle un espacio al poeta y a veces no. Yo creo que el poeta sí es útil para la sociedad, siempre van a haber poetas. En Perú tenemos una tradición que los ignora, hay excepciones como Chocano que en su tiempo fue laureado. La cultura en el país no da apoyo por ciertos intereses. Las castas coloniales quieren que el pueblo se mantenga insensible a la injusticia o al dolor colectivo.

Algunos críticos consideran que las nuevas hornadas de poetas tienden más a la retórica que a las ideas. ¿Qué opinas sobre eso?
–Cuando el poeta joven empieza a escribir, más trabaja con emociones e impresiones que con ideas, eso en cuanto a propuestas estéticas. Los medios que hoy se disponen como la Internet sirven, pero también inducen al facilismo y se pierde rigurosidad. Pueden sentirse aplastados por las ideas. Siempre van a haber retos que tomar y sobrepasar, uno de ellos es buscar la coherencia.

¿Cómo ves el panorama literario en provincias en comparación al limeño?
–Desde el noventa yo creo que la cosa está igual, la Internet facilita el rompimiento de las distancias, si bien en Lima hay más poetas y más publicaciones, en provincia la cosa no es como antes. Hay interesantes prospectos. Antes Lima hacía más bulla pero fuera de la capital no podemos quejarnos.

Cuál crees que sea el requisito fundamental para hacer buena poesía
–Primero, la sensibilidad que se conecta inmediatamente con el lenguaje, que a la vez tiene que ver con dos cosas: El conocimiento que implica leer, conocer el mundo y tener criterios. Segundo, la lectura, la dedicación. El conocimiento tiene que medir a la sensibilidad.

Qué puedes decir de tu generación, qué heredará a la poesía peruana
–Desde el sesenta y setenta, en que se habla recién de generaciones por décadas se puede hablar de un esfuerzo. Es difícil encontrar similitudes en cuanto a porte. En el noventa ha habido un quiebre, una despolitización en la poesía, eso puede permitir una libertad en que la gente todavía está experimentando. Los poetas del noventa tal vez van a dar su aporte después.

Después de las muestras de desesperada innovación del dadaísmo y el futurismo, ¿ves actualmente que algún poeta esté rompiendo las formas conocidas de la poesía.
–A esta generación la veo más prematura, tal vez alguien que salga en esta época será el que defina. Hoy, nadie tiene fórmulas, en todo lo que he visto veo experimentalismo, hay seriedad que promete, los poemarios son buenas promesas.

Esta es una época difícil, no hay paradigmas ni vanguardias, la gente hoy en día no cree en nada.
–Vivimos en una época muy escéptica y el poeta se asienta en la creencia. En un mundo cada vez más escéptico el poeta tiene el reto de crear una creencia. La sensibilidad se educa.

El bote en la marea

-La más grande estupidez: ¿Mía? No sé. Contextualmente, las elecciones presidenciales.
-Una obsesión: El sexo
-Una frustración: El sexo
-Una locura: La poesía
-Un temor: La muerte
-Una pasión: El amor
-Lo que más aprecias de estar vivo: La solidaridad
-Lo que más detestas: El poder
- Carlos Oliva: Poeta peruano

Tomado de aquí.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Diálogo con el poeta y matemático francés Jacques Roubaud


“La poesía es uno de los caminos para salvarnos”

Por Eduardo Febbro

Este escritor singular es oriundo del mundo de las ciencias. Orfebre de los números y las palabras, convive en los dos universos y los combina para dar lugar a una obra única. Compañero de ruta de Italo Calvino, Georges Pérec, Marcel Duchamp o Julio Cortázar, sorprende por su visión de la poesía.

Números y palabras. O a la inversa. Poesía y matemática, irracionalidad imaginaria y racionalidad científica. Sólo un poeta convive en esos dos mundos y traza una relación entre las cifras y las palabras: Jacques Roubaud. Este escritor singular y exquisito es oriundo del mundo de las ciencias. Matemático de profesión, Roubaud desarrolló una obra poética, narrativa, ensayos y traducciones de una originalidad sorprendente. El lector lo espera en un ángulo, Roubaud aparece en otro. Figura sobresaliente de ese invento matemático literario que es el Oulipo –taller de literatura potencial– y en cuyo seno desfilaron autores como Italo Calvino, Raymond Queneau, Georges Pérec, Marcel Duchamp o Julio Cortázar, Roubaud tiene una extensa y divertidísima obra poética. El Oulipo es un movimiento que postula el trabajo de la escritura como un desafío a la arbitrariedad de la creación. En la seriedad del postulado casi científico que Roubaud defiende, “si no nos fijamos reglas podemos terminar repitiendo lo que ya escribimos”, se esconde una libertad plena, un prodigioso viaje a través de los sentidos y las combinaciones inusitadas de las palabras. ¿Qué es un autor del Oulipo? Sus integrantes responden: “Es una rata que construye por sí misma el laberinto del que se propone salir”. La obra maestra de esa disciplina es la novela de Georges Pérec,
La desaparición, en la cual no figura la letra “e”. Nada define mejor la obra de este poeta genial y humilde como ese enunciado de la rata: sus poemas son construcciones de rigurosos laberintos en los cuales las palabras vienen a ser las llaves que van abriendo los pasillos. Jacques Roubaud, a sus casi 80 años, es un mega híper moderno: al adjuntar a su experiencia poética la herencia y la cultura de su profesión de matemático el autor francés hace cohabitar en su obra los números que nos rigen y las palabras con que nos expresamos. No puede haber nada más moderno: cifras, combinaciones, números y palabras. Obra deliciosa, juvenil, juguetona y profunda, la poética de Jacques Roubaud alegra la vida y los oídos. El modelo de Roubaud es musical y matemático: su matriz son los trovadores del siglo XII. Sus composiciones le sugieren la rima y el tejido matemático del poema. ¿Matemático o poeta? La poseía es un descanso de las matemáticas, las matemáticas, un descanso de la poesía, dice Roubaud.

Juego, arte, disciplina, ironía y juventud. Este poeta francés, cuyos libros han sido escasamente traducido al español, plantea una idea a la vez anacrónica y original: “la poesía, para seguir existiendo, debe defenderse del olvido, de la desaparición, de la irrisión a través de la elección de un arcaísmo. El arcaísmo del trovador es el mío”. Trovar, cantar, jugar, combinar con inocencia y pasión, sin meta comercial o beneficio, esa hazaña en un siglo de velocidad y superficialidad aún existe, tangible y mágica, en la obra poética de este autor. “La idea de poesía como arte, como artesanía y como pasión, como juego, como ironía, como búsqueda, como saber, como violencia, como actividad autónoma, como forma de vida, esa idea la hice mía.” Para quienes se preguntan para qué sirve la poesía, cómo es aún posible su existencia, y qué tienen que ver los números con las palabras, Jacques Roubaud es una introducción rigurosa y epifánica para saborear el olvidado asombro.


Números y palabras

Usted aúna en su obra poética dos universos aparentemente inconciliables: las palabras y los números, la matemática y la poesía. ¿Qué lazo hay entre estas dos invenciones geniales de la humanidad?
A diferencia del lenguaje corriente, en la mayoría de las poesías del mundo, de los relatos, se utiliza mucho los números. La poesía tradicional francesa se apoya en los números. En cada idioma hay números que gustan más que otros. A los japoneses, por ejemplo, no les gustan los números pares. En Francia, por el contrario, hemos tenido una pasión por el 12, un número desechado en España o en Italia. Hay como una suerte de número amado en los idiomas. Profesionalmente, mi vida fue la de un matemático, y, como poeta, muy rápidamente me ocupó la relación entre poesía y número.

Estamos sitiados por los números, por los códigos. Los números han entrado a formar parte de los instrumentos cotidianos de relación con la realidad. ¿Acaso la poesía puede salvarnos de los números?
Los números son como el mismo idioma, pueden hacerse cosas buenas y cosas malas. Hay una manera de tratar los números como cantidad, es decir la acumulación, o, al contrario, se los puede usar para censar a la gente, un principio muy apreciado por las autoridades pero que no constituye un uso agradable de los números. Los números se usan también para los códigos, pero aquí la codificación tiene un destino más bien de protección del secreto bancario. Sin embargo, en la vida se emplean muchos códigos, y en la poesía también. Los poetas usan los números de forma mucho más simpática. La poesía puede emplear los números desde este ángulo, más lúdico, y no del lado maléfico.

La poesía como memoria del idioma

En un mundo tan plano, tan brutal, tan escasamente poético, dominado por la imagen comercial y la función de beneficio, la poesía aparece como una suerte de arte gratuito, espontáneo, sin especulación.
Hay una lucha constante entre la tendencia de la sociedad por olvidar la poesía porque no es comercial, y la poesía misma que busca medios de existencia donde el aspecto comercial sea secundario. La poesía tiene una función especial, tanto para quienes la componen como para quienes la reciben. La poesía ofrece a los individuos lo que es más precioso en su idioma. Es lo que yo llamo la función memoria del idioma, es decir, la poesía como una memoria del idioma. La poesía no apunta a contar esto o lo otro, a demostrar una u otra tesis política, sino que apunta a hacer que el lazo de cada individuo con su memoria, con su idioma, sea lo más precioso posible. Desde la infancia misma, a los niños les gusta la poesía porque, a través de ella, los niños entran en su propio idioma. Mediante la poesía, el idioma les pertenece. La poesía trata de preservar esa dimensión y de emplear el idioma de una forma que evite que se vuelva mediocre. Los discursos políticos, comerciales, son extremadamente mediocres. La poesía conserva esa función de preservación de la calidad del idioma y de la memoria del lenguaje. Ahora bien, por otra parte, no estoy seguro de que la poesía esté contenta con ese estatuto de arte completamente gratuito. Quien habla de un arte que no se inscribe en el mundo comercial está aceptando que ese arte tiene dificultades para ser visible. Claro, los poetas no buscan el éxito comercial. Si alguien decide a los 20 o 25 años ser poeta sabe perfectamente que nunca hará fortuna. Pero los progresos de la técnica torna posibles, mucho más que antes, la difusión de la poesía. Se pueden realizar pequeñas ediciones y también hacer que los poemas existan en una pantalla, gracias a Internet. Es muy difícil leer una novela en una pantalla, pero no la poesía. La existencia visual y oral de la poesía puede perfectamente servirse de los progresos técnicos. La poesía debe poder existir tanto en una página como en el oído y en la boca.

Estamos tan lejos de Dios como de la naturaleza y del lenguaje. ¿La poesía podría ser un lazo, una resonancia, con esas entidades?
La poesía debe ser la resistencia del idioma ante su corrupción, ante su descrédito, su mal uso, ante la tendencia a usar un idioma para cosas feas, malas. Haciendo que el idioma sirva para lo bello, lo precioso, la poesía mantiene la existencia del idioma. Salvo en un caso, la poesía no interviene en la sociedad. Si estamos en una situación en la cual la gente no puede hablar porque existe una prohibición dictatorial o política, en ese caso la posibilidad de hablar pasa por la poesía. Pero en los países donde uno puede expresarse, donde no hay dictadura, la resistencia de la poesía se expresa por su actitud a no rebajar el idioma. El pasado y el presente de la vida surgen en la poesía. Todo lo que hemos atesorado en la memoria empapa la poesía. Los poetas tienen un papel importante para desempeñar en relación con el idioma en el que viven. ¡El idioma es un instrumento muy importante!: a través de él se transmite el pensamiento, la esperanza en el porvenir. La poesía es uno de los caminos para salvarnos. Y digo UNO y no EL camino. Hay otros. Cuando el idioma se acuerda de su pasado mediante la poesía se adelanta a lo que será. Muchas evoluciones del idioma fueron previstas por los poetas.

Ahora bien, esa pureza del idioma que persiste gracias a la poesía, ¿acaso no desautoriza su traducción?
Existe una tesis sobre la naturaleza de la poesía que dice: “un poema debe ser considerado definido por el conjunto de sus traducciones”. Cada lectura que hacemos de un poema es una traducción. Traducimos el poema que está en nuestro idioma hacia la forma en que comprendemos el idioma y los sentidos de las palabras. En realidad, hay una simpatía general entre los idiomas. Los oponemos mucho pero es un error. Y esa simpatía general va a transitar de poesía en poesía. Es entonces esencial que las grandes poesías se traduzcan a otros idiomas.

Las propiedades poéticas de los números

¿Y los números?
Si no se la utiliza con fines puramente pragmáticos, la matemática también puede servir para esto. Hay investigaciones puras sobre la belleza de los números que restauran la integridad y la pureza de los números. La belleza de las palabras se plasma en sus asociaciones. Las palabras serán tanto más bellas cuanto que las asociaciones y construcciones en las cuales las introducimos sean acertadas. Y es precisamente allí donde intervienen los números. Esto no es nuevo, muchas tradiciones poéticas han basado la poesía en los números. En mi caso, mi fuente han sido los trovadores. Los trovadores concibieron la poesía a través de los números. Para ellos, no todos los números son iguales porque existen familias de números que son más bellas que otras. Y de esas familias bellas, los trovadores definían formas poéticas. También son los últimos que plasmaron la unión del texto y la música.

Resulta extraño concebir la existencia de esos dos mundos: la extrema racionalidad de la matemática combinada con la dimensión imaginaria de las palabras y la poesía.
La imaginación matemática, en particular la imaginación que se sustenta en los números, no se asemeja a la racionalidad ordinaria. Los números tienen propiedades asombrosas. Uno de los grandes matemáticos del siglo XX, Ramanujan, decía: “Cada número tiene que ser nuestro amigo personal, pero entre éstos hay números que son mejores amigos que otros”. Se cuenta que, en su lecho de muerte, Ramanujan recibió la visita de un matemático amigo suyo, Hardy. Hardy le dijo: “Vine a verte en taxi pero el número del taxi no era interesante”. Ramanujan le dijo: “Amigo, es el número más pequeño que puede escribirse de dos formas como la suma de dos cubos”. Existen así estas maravillas de relación entre los números. Desde luego, cuando hablo de números, los más prestigiosos son los números enteros. Hay muchas maneras de pasar de la palabra a los números. Hay por ejemplo una manera de situar la letra de las palabras y su correspondencia en el abecedario con los números. Cada letra quedará sí asociada a un número. También es posible descomponer la palabra en sílabas y asociarle una familia de números. Podemos realizar un retrato de la palabra con números. Como hay muchos caminos para ir de las palabras a los números, el trabajo de la poesía consiste en abrir esos caminos.

Hay algo paradójico en ese postulado. Si leemos poesía en una pantalla, en realidad, detrás de la imagen que vemos hay números. La producción de la imagen es numérica.
Así es. La poesía viene a colonizar esa sopa de números. Pero esos números están arreglados por razones puramente técnicas. Pero cuando la poesía se apodera de la configuración de los números lo que hace es dotarlos de un rostro. El ascenso de la matemática no es más que la emergencia del sector de la matemática más utilizable, comercial, y no es la mejor. Es necesaria, desde luego. Pero ese segmento de la matemática no tiene que llevarse la exclusividad. Hay sectores de la matemática que son tan difíciles de imponer como la poesía. En particular, el campo de las propiedades de los números. Aquí estamos ante corrientes más profundas y más finas. Este sector está fuera de los números cuantitativos. ¡Los números cualitativos poseen propiedades inverosímiles! No confundo las dos cosas: la poesía es la poesía y la matemática la matemática. Ambas conservan su dimensión libre. Hay, con todo, un sector de la matemática que conserva su libertad, que no puede ser reducido a la utilización comercial.

Los números también hacen llorar

Intuyo un límite en la función del número que usted propone: la poesía alivia el alma. Si estamos solos o tristes, una poesía puede reconciliarnos, los números no.
A uno de mis amigos con el que trabajé mucho sobre la matemática le preguntaron por qué hacia estudios matemáticos basados en números extraídos de poemas que producían un gran efecto emocional. El respondió: “Quiero comprender por qué los números hacen llorar”. Lo mismo que en la poesía y la música, muchos de esos efectos de la emoción también pasan a través de los números. Por eso mi amigo se pregunta “por qué los números hacen llorar”. Desde luego, nadie ve a los números de esa manera, pero si los miramos de una manera profunda vamos a encontrar esas emociones. Podríamos hablar de un esqueleto de números vestido con palabras.

¿Por qué la gente no reconoce la poesía que existe en la racionalidad extrema?
Porque la gente sólo se relaciona con un tipo de racionalidad, la racionalidad económica, que está exenta de dimensión poética. La poesía está construida también de forma muy racional. Como decían los trovadores, es un trabajo de herrero, se trabaja con las manos, que manipulan las palabras. En apariencia, y sólo en apariencia, las palabras tienen más sentidos, más propiedades que los números. Es falso. Todo depende del conjunto de propiedades que hemos extraído de un número. Muy a menudo sólo conocemos de un número sus propiedades muy pobres, pero, sin embargo, ese mismo número tiene otras propiedades, una familia inmensa, con un montón de primos que desconocemos. Los números son más ricos de lo que creemos. Yo escribo caminando, en mi cabeza. Camino, me acuerdo de cosas, observo, percibo, compongo. En esa caminata también interviene una suerte de batería de cocina de números, que siempre tengo en reserva. La matemática entra así en la poesía. En esa batería de números que tengo en la cabeza voy a poner las palabras con las que construyo el poema. El ritmo de la marcha influye en las sílabas y los versos. Ahora, con los años, mis caminatas son más cortas y lentas. Mis poemas son también más breves.

¿Cuál es su número preferido?
No tengo un número preferido sino una familia de números. Es la familia compuesta por los llamados números de Raymond Queneau: están el seis, nueve, el 11, el 14, el 23. Trabajo mucho con esos números porque son mi gran familia.

(*) Tomado de aquí.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Andrés Calamaro: "Nostalgias"

Nostalgias compone el álbum Tinta roja (2006). "El Salmón" arribará, por vez primera, a tierras mistianas el sábado 13 de noviembre dentro de la gira promocional de su reciente álbum On The Rock: «Hoy es hoy, ayer fue hoyayer» (Los divinos), estará acompañado por Pelo Madueño, Jhovan Tomasevich y Los Viralatas en El Jardín de la Cerveza.

martes, 12 de octubre de 2010

Jorge Monteza Arredondo: "El sol"

Profile diseñado por Kumi Yamasita.

Pasó toda la noche sentado a su escritorio carraspeando frases que tachaba y volvía a escribir con el fervor de quien cree que las palabras pueden salvar o condenar. En ese trance se quedó dormido en la silla. Despertó sólo cuando sonó el celular y ya se habían metido en su cuarto, por una ventana sin cortinas, el zumbido de la ciudad y el sol de pleno día. Apenas tomó un café, salió.

Mientras caminaba por una estrecha vereda iba leyendo de nuevo aquellas líneas. Tropezó con alguien. Dobló el papel y volvió a guardarlo en su bolso. La gente iba y venía, los autos chillaban y el sol, casi en el cenit, quemaba.

Lo habían llamado del periódico. Era lo que se temía. Su trabajo era contar historias de crímenes y lo hacía ya con cierto estilo. Pero esa llamada, pensaba, no tenía que ver con su estilo, sino con lo que suele llamarse una “bomba”. La noticia tenía algo de jugoso, que el ojo de su jefe había detectado seguramente. Eso pensaba él. Y para “sacarle ese jugo” había que “aderezar”, como decía su jefe.

Quiso cruzar a la otra acera porque a medida que la calle se torcía el sol le daba de lleno en la cara, pero el tránsito de autos era copioso. El periodista prevé las cuadras que faltan (cuatro) y no se anima a cruzar.

Piensa en apurar el paso, pero termina por sacar de nuevo aquella hoja, arrancada de su cuaderno de apuntes. Es el borrador de su crónica. Es la segunda vez que escribe sobre el caso. La primera, sólo fue una pequeña nota informando el hallazgo; tampoco se sabía más. Está estudiando qué más puede variar. Sabe que todo texto —incluso el periodístico— tiene una lógica de la que normalmente carece la “vida real”, por eso teme que el burdo aderezo de su jefe vaya a coincidir con los hechos; es decir con el hecho que él, extrañamente, quiere ocultar. ¡Por qué se le había ocurrido mencionar al hijo cuando la historia estaba cuajando sin él! Seguramente pensaba.

La noticia es harto conocida: la muerte del empresario y político Eusebio Tejada, hombre acaudalado, viudo y sin más familia que algunos parientes en la sierra central. Fue hallado muerto en su casa dos días después de su cumpleaños (sábado) con una herida en la cabeza producida por un objeto contundente (un pisapapeles de bronce). El periodista recorre de nuevo los sucesos en su borrador. Los sospechosos: dos amigos con los que discutió ásperamente (tragos encima) la noche de la fiesta por viejas rencillas políticas; unas prostitutas que, según los invitados, “se quedaron hasta el último”, y un personal de servicio que dormía en la casa y se fue al amanecer (domingo) sin saber del hecho, según declaró. Si hasta parece un thriller, piensa, como no le va a sacar el jugo. ¿Y cuál era la necesidad de mencionar al hijo? Ese desgraciado que estaba logrando hacer su vida fuera del régimen del padre. No vivía con él desde hacía tres año, e infortunadamente esa noche lo visitó con su novia, estuvo sólo unos minutos y se fue. Porque el padre en vez de alegrarse con su aparición, se molestó. Ella, se imagina el periodista, estaba nerviosa y se había incomodado con la presencia de las “mujeres de compañía”. El padre se burla de la fragilidad y retraimiento de la chica. El periodista veía en su mente. El hijo, ofendido, se la lleva; desde la puerta grita con voz quebrada algo que nadie alcanza oír. El padre, según declaraciones, quedó con los ánimos caldeados y no paró de beber y alzar la voz. En esas circunstancias llamó traidores también a los dos “amigos”. Ellos no se quedaron callados y los invitados empezaron a irse. El periodista redactó estas líneas la misma noche que conversó con el hijo (25) —como él—. Al tercer día del crimen ningún medio lo había mencionado. Era un joven amable y lacónico que al conversar alzaba y escondía la mirada alternativamente detrás de unos agudos lentes, con palabras acongojadas y entrecortadas recordaba al padre, lo paternalista y exigente que solía ser, lo abrumador y excesivo que podía llegar a ser, pero siempre en la creencia de estar en lo correcto, decía el hijo para justificarlo. Abandonó la casa al acabar sus estudios porque su padre había trazado una vida para él y él otra para sí. Su carrera era tomada por el padre como el único capricho que le consentiría, porque no estaba de más que sea profesional, decía. Pero él se fue para hacerse otra vida a la sombra, lejos de la dictadura paternal. Consiguió un trabajo en una pequeña ciudad y también una pareja. Después de un tiempo logró ser trasladado a Arequipa, la ciudad de origen. Las cosas marchaban bien y se perfilaban mejor, entonces se convenció de que era necesaria la reconciliación con su padre para continuar. Aprovechó que se aproximaba su cumpleaños.

Está casi seguro que la morbosidad de su jefe está apuntado al hijo, porque hasta la pura especulación aumentaría las ventas.

Ha llegado al edificio. Se detiene. Le parece que la ardiente luz del sol ahoga el día. Debe entrar, subir las escaleras y hacer una noticia caliente. Pero no lo hace. Sabe que eso es jugarse el empleo. Pero qué más da. El hijo merece el derecho a la persistencia a pesar del infortunio, del infortunio de buscar explicaciones y regresar al día siguiente, de aún conservar las llaves de la casa, de aún encontrar a su padre ebrio y arrogante; del infortunio de coger ese pisapapeles de bronce. Eso nunca dijo el hijo, pero es algo que el periodista sabe perfectamente. Así como ahora también sabe que esas palabras carraspeadas durante toda la noche ya no son borrador de ninguna crónica sino borrador de su conciencia monologante que no le servirán a nadie más que a él. Alza la vista y el sol le daña los ojos. Vuelve a guardar el papel. Sólo dice: este maldito sol, por fin cruza la calle, hacia la sombra, y se vuelve.

(*) Arequipa, 1977. Obtuvo la licenciatura en Literatura y Lingüística y la Maestría en Artes en la UNSA. Tiene inédito su primer libro de relatos: Sombras en el agua.
(**) Cuento que mereció el 1er premio de la Categoría Cuento del "IV Concurso Literario de Poesía, Cuento y Ensayo Breve 2010", organizado por el semanario El Búho.