martes, 22 de septiembre de 2009

Chaqwa (1)



1


Era por la octava de los Difuntos.
Bajábamos de las chacras porque ya empezaba la nochecita.
Ahí fue cuando llegó el Comandante.
Un hombre grande, el Comandante. Su cara era grande y pálida, como una t'anta guagua cruda, de esas que se cuecen mal y se botan para los perritos.
Pero era bueno el Comandante.
Venía con gente vestida de verde. Cercó el pueblo y se llevó al Filomeno, el hijo de Filomeno Manrique, que había venido con cosas raras desde que bajó a la ciudad a aprender electricidad.
No sabemos por qué quería aprender electricidad.
En ese momento el Comandante no habló nada y se fue rápido con su gente. No lo pudimos conocer todavía.
Sólo era una t'anta guagua.
Otro día, unas semanitas después, regresó el Comandante con su gente: esta vez era de mañana.
Se llevó a Filomeno Manrique y a un evangélico. En el pueblo sólo había dos evangélicos. Ahora quedaba uno no más.
La tercera vez que subió el Comandante al pueblo ya habló más. Nos agradeció por nuestra cooperación y patriotismo. Su gente, nos repartió rollos de papel del baño.
El Comandante ya no era sólo una t'anta guagua. Era ahora un Amigo.
Nos contó que había otra gente. Gente que no estaba vestida de verde y que rondaba por los valles de abajo. Y que cada vez subía más. No sería raro que en los días siguientes se les vea por los alrededores. También había otra gente que tampoco estaba vestida de verde, que andaba subiendo por el otro lado, por la montaña. Teníamos que tener mucho cuidado, porque esa gente era mala.
Una vez estuvimos por la montaña. Hacía mucho calor. Algunos murieron.

El Comandante nos dijo que teníamos que organizamos. Nos entregó veinte estacas y nos dijo que si venía gente de los valles, teníamos que defendernos. Si venía gente de la montaña, teníamos que defendernos también. A partir de ahora, él vendría a visitarnos sólo en helicóptero.
A partir de ahora, la gente buena vendría sólo en helicóptero.
El helicóptero es como un avión, pero tiene las aspas arriba.
Las estacas nos sirvieron como ccapo en la Fiesta de Reyes.
Eran muy delgaditas. Así, que en caso de que viniese el Comandante y se ponga triste porque ya no habían sus estacas, hicimos otras. Más gruesas y afiladas, pero fuera de eso, se parecían bastante a las antiguas.
El Comandante no iba a revisarlas todas. Además, a lo mejor ni se acuerda cómo eran las que nos entregó.
Lo cierto es que poco tiempo después nos dimos cuenta que la gente no vestida de verde ya estaba muy cerca.
En medio del campo habían decapitado al evangélico. Le habían colgado un cartelito que decía Enemigo del Pueblo.
No estamos de acuerdo con eso de matar evangélicos. Son zonzos: no van a las Fiestas. Pero fuera de eso, son buenos vecinos, muy honrados y hablan ceremoniosamente.
Eso es bueno.
Cuando el Comandante nos entregó el papel y las estacas, el evangélico fue quien agradeció ceremoniosamente en nombre del pueblo.
Ahora, cuando nos regalen otras cosas ¿quién va a agradecer?
Una noche después, la gente que no estaba vestida de verde entró al pueblo. Algunos estaban vestidos con ponchos, pero la mayoría estaba vestida como quería, un poco como la gente de los valles. Vimos a algunos con esa ropa de fútbol que tiene números en la espalda.
Llevaban candelas y se formaron en círculo en la plaza. Hicieron que todo el pueblo salga. Salieron algunos. Otros nos escondimos. Con nuestras estacas.
Uno empezó a hablar. Dijo que se llamaba algo así como Carnada.
Era bajo y gordito. Su cara era redonda y llevaba unos bigotes debajo de su nariz que era como la racacha, oscura y llena de brotes.
Habló de que el Partido asumía la responsabilidad de la muerte del Enemigo del Pueblo. Y que sabía muy bien –porque el Partido se lo había dicho y el Partido sabía mucho– que había otros Enemigos del Pueblo en el pueblo. Es más: que la gran mayoría del pueblo era Enemigo del Pueblo. Ahora empezaría un juicio popular. En ese momento Carnada dejó de hablar, casi sin aliento.
Más que a la Carnada se parece a la Mamá de los Chanchitos, pensamos; y salimos de nuestro escondite con las estacas.
Como estaban muy ocupados echándole kerosene a don Filomeno, el papá de Filomeno Manrique, no se dieron cuenta que veníamos hasta que estuvimos muy cerca. Empezamos a pegarles y a picarlos con las estacas. Se asustaron y empezaron a correr. Dejaron rezagado a El Carnada, así que lo capturamos.
Le pegamos y picamos hasta el amanecer. Al principio se puso malcriado, hasta con nuestras abuelas se metió. Después lloró y pidió disculpas.
Después sólo lloró.


2


Ahora nos están colgando.
Es que nadie nos advirtió de la gente de negro.
La gente de negro vino de los valles y de la montaña. Y también en helicóptero. Así que no sabíamos muy bien qué hacer.
Estábamos confundidos.
Pero más nos confundió que nos digan: Ahora los vamos a colgar.
Trajeron bastantes sogas. Eran azules y parecían muy finas.
Se formaron en parejas. Pero en eso, el Doctor, que era el que los mandaba, dijo:
Caramba, acá no hay árboles.
Y es cierto, acá no hay árboles.
Nos llevaron a la capilla abandonada.
Nos subieron a la torre.
Antes de colgar a cada uno el Doctor decía: Me defraudaste, hijito.
Después nos amarraban la soga y nos lanzaban para abajo.
Ya casi damos la vuelta a la torre, todos los colgados.
Nos hubiera gustado advertirles algo, pero estaban tan afanados colgándonos que nos dio un poco de cosa.


3


Ahora estamos colgados.
Ya oímos los sonidos, los murmullos como de lluvia fina.
Luego vendrá el resquebrajamiento, como de una rama seca que se rompe. Después los ruidos serán muy fuertes.
Pero todavía estamos colgados y desde aquí arriba se ven nuestras sementeras y nuestros animales dispersos.


(1) Relato merecedor del segundo premio del concurso "El Cuento de las 1000 Palabras" de la revista Caretas, 2008.
(2) Arequipa, 1985. Licenciado en Literatura y Linguística por la Universidad Nacional de San Agustín. Obtuvo mención honrosa en el «II Concurso Literario de Cuento, Poesía y Ensayo Breve 2008», organizado por el semanario El Búho.

No hay comentarios: