miércoles, 4 de junio de 2008

Alejandro Romualdo, Cantor de Esperanzas*

Alejandro Romualdo (Trujillo 1926 - Lima 2008) es uno de los más representativos de la llamada generación del 50, junto a extraordinarios poetas como Jorge Eduardo Eielson, Pablo Guevara, Javier Sologuren –que comparten ahora con Romualdo una fulgente coordenada, distinta a este azaroso tramo existencial–, entre otros.

El poeta es una fuente donde se bebe una vigorosa y enternecida poesía de variados registros –además del social por el que se le conoce– como el lírico, simbolista y concretista; y donde se refleja nítidamente la ética con la que ha rodeado tenazmente su vida, esto es: no haber cedido a una fama literaria para proferir alguna ideología. La Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría –cuando la vida se hizo incierta– determinaron su perspectiva del hombre contemporáneo e hicieron de su obra un canto hondo de esperanza y toma de conciencia de los avatares a los que está signado el ser humano. Aquella coherencia que le sobrevive revela en su obra la dolida conciencia de lo humano, donde pervive la esperanza; a pesar, que como ciudadano “no podía esperar nada [de la sociedad]. En este sentido no [tiene] ninguna defraudación, ninguna decepción, puesto que [se ha] enfrentado a ella”, menciona el poeta. Ejemplo de ello fue su negativa a aceptar la pensión vitalicia que sus amigos artistas gestionaban al Gobierno; él refería que no era el Gobierno de turno sino el Estado quien debía otorgársela, tanto a él como a otros artistas.

El acercamiento a la obra del vate, la mayoría de las veces, se dio en el colegio, cuando la infancia –escribe el poeta– “nos llena la cabeza de luciérnagas, / de polvo las rodillas” (La torre de los alucinados, 1949) y se daba lectura a su celebrado poema Canto coral a Túpac Amaru, que es la libertad (Edición Extraordinaria, 1958), que ejemplifica parte de la conflictiva historia peruana; además de ello, el sujeto poético de aquel poema es la metáfora de la permanencia en el tiempo de la justicia, la esperanza y la libertad, a pesar de las continuas negaciones que las asedian: “Le sacarán los sueños y los ojos / Querrán descuartizarlo grito a grito. / Lo escupirán. Y a golpes de matanza / lo clavarán: / ¡y no podrán matarlo!”; el poema continúa representando el agobio que acarrea un orden social no equitativo y que no logrará silenciar las conciencias: “Al tercer día de los sufrimientos, / cuando se crea todo consumado, / gritando ¡libertad! sobre la tierra, / ha de volver. / Y no podrán matarlo”.

Dentro de aquel flujo que constituye a la poesía social y de compromiso está escrito el poema Color rosa”: “Si pintaras mi país color de rosa / Serías un gran pintor para ellos”, más adelante advierte que aquellos tonos idealizantes no traslucen el descontento que su sensibilidad registra en su país que debe ser pintado con "Color furia", sus árboles y cielo "Color rabia" y su "Casa y corazón / Color de fuego / Color de combate / Color de esperanza”, imágenes coincidentes con los desposeídos; aquel poema Susana Baca (2001) lo celebró musicalizándolo, al igual que otro de sus poemas: “Si me quitaran totalmente todo”.

Romualdo explora otros registros como el simbólico en “El cuerpo que tú iluminas”, del poemario homónimo (1952), donde refiere los contrastes de la poesía en la sensibilidad cuando se logra internalizarla: “Yo soy para ti la noche: Tú me enciendes, / ardo en el vientre universal, / rabio con las olas y las nubes”.

Romualdo murió solo y dignamente tras la conocida puerta azul bajo la cual los periodistas dejaban solicitudes de entrevistas, que casi nunca aceptó. Murió de una afección cardiaca un martes 27 de mayo. El poeta, de forma previsora, escribió sobre como debería advenir la muerte en “Responso por un payaso negro”: “Pidamos que nos haga desaparecer como un ilusionista. / Roguemos porque la muerte llegue como el extraño que nos pregunta por la hora” (Cuarto mundo, 1972). Con la misma naturalidad con la que partió revivirá su verbo en la memoria de quienes todavía son capaces de conmoverse. Hasta siempre, Xanno, así te llamaban tus amigos: Arturo Corcuea y Carlos Germán Belli, con quien practicaste el fútbol antes de ingresar a la Facultad de Letras de San Marcos. Hasta siempre… Poeta. (Juan Zamudio).



Si me quitaran totalmente todo
si, por ejemplo, me quitaran el saludo
de los pájaros, o los buenos días
del sol sobre la tierra,
me quedaría
aún
una palabra. Aún me quedaría una palabra
donde apoyar la voz.

Si me quitaran las palabras,
o la lengua,
hablaría con el corazón
en la mano,
o con las manos en el corazón.

Si me quitaran una pierna
bailaría en un pie.
Si me quitaran un ojo
lloraría en un ojo.
Si me quitaran un brazo
me quedaría el otro,
para saludar a mis hermanos,
para sembrar los surcos de la tierra,
para escribir todas las playas del mundo, con tu nombre, amor mío.

De Edición extraordinaria, 1958
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*Artículo publicado inicialmente en el semanario arequipeño Vista previa.

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