martes, 25 de marzo de 2008

El "ocio constructivo" de Daniel F (1)

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Daniel F manufacturando arquitecturas sonoras

Por Juan Zamudio

La sombra movediza de un enraizado, con punta que tira a verde, me aleja, algo, de este furioso sol arequipense; mientras espero que llegue la flaca a la Plaza Armas, y así, en primera, jalarnos a hacer conversa con el F, a cuya música ella está gustosamente irredenta. Buen tiempo así, hasta que distingo que me hace hola a lo lejos. Enrumbamos por Santa Catalina.

Nos estacionamos en el alojamiento del F. Aquí se está cómodo. Conversamos ligero nomás. Él mora horizontal en su cama, al igual que su guitarra y unos cuadernos. Percibo que dentro de mi cabeza planea, tenazmente, una letra que aquieta, calma, la combustión de la noche anterior, y parte de la mañana, compartida con algunos compañeros de ruta por Puente Bolognesi, donde la levedad era un principio que traslucía alguna de las diversas maneras del conocer, al igual que en otros reductos: “Canto por ti / porque aún tú tienes alas para vivir […] Canto por ti / porque tú sabes cual viento es para mí […]
(2)”, cover a Fernando Ubiergo, a cuya influencia le es sugestivo permanecer, así también le sucede con “[The] Ramones y Pink Floyd”, comenta; a diferencia de “Los Mojarras”, cuyo estilo es “una buena manera de hacer una música completamente peruana. Siempre cuando me preguntan cuál es el grupo de rock peruano, siempre digo que el único grupo de rock peruano que he conocido ha sido Los Mojarras, [que] tienen un sonido que no lo va a tener ningún grupo en el mundo, un sonido totalmente autóctono, con un color local bastante acentuado”.


ARQUITECTURAS SONORAS

El recorrido que siguió Leusemia es variado
(3). Por un lado, se ve asociado al “circuito underground”, refugio acreditado por el estilo que “va alimentando y va renovando la música todo el tiempo, en todos los países, sino sería solamente, pues, este… el dictado de la industria. Como podrás apreciar el MTV, en [los] ranking mexicanos. Todos son grupos inventados, todos son cantantes totalmente manufacturados. Pero siempre es la escena underground la que va renovando un poco la música tal cual es. No un invento de la industria, sino un invento de una creación, pues, de la gente”, explica el F, que a su influjo rítmico se proyectan danzas tribales, se poguea fraternamente fuerte o, irremediablemente, se transparenta furibunda la ironía en tonos donde se arman redes profanas para corear: “al colegio no voy más, ni huevón […]” (4).

Esta reportera está media fallada. Ella dice que cada vez que hablo se detiene, reímos; quizás sea por el magnetismo que ella propicia lo que ocasiona que no funke bien; no importa. Él pasa la voz sobre la continuidad a la que están signadas el par de actividades en las que chambea fuerte y, además, señala la distinción que estima entre ambas: “Leusemia está tocando igual y más; lo que pasa es que Leusemia es más ambicioso, es un proyecto musical estrambótico, si quieres, no. Leusemia toca con coros, con orquestas sinfónicas. Yo toco solito
(5). Esa es la diferencia. Entonces con Leusemia hay una búsqueda musical más profunda; o sea, tratamos de hacer cosas mucho más audaces, sin que nos cataloguemos como audaces, porque no lo somos. Rafo Ráez es audaz; o sea, Rafo Ráez es audaz porque es loco, no sabe lo que hace. Está loco. Hace cosas totalmente insensatas y son brillantes, y esa locura es la que no tenemos nosotros. Somos bastante convencionales y tratamos de hacer una música que tenga un comienzo, un desarrollo y un final. Y lo mío, yo trato de ahondar en lo que es la letra, las canciones, tratar de escribir mejor”.


AQUELLOS AÑOS

Hace una buena temporada que Leusemia se pone en escena. Cómo habrán sido los ejercicios de tribu de entonces. Yo estaba niño. Él configura una perspectiva comprensiva de lo sucedido desde un ahora que incluye “mucho cambio, más allá de lo que puede darte 25 años después, que es la experiencia, si quieres ponerle, madurez. [Aquello] implica poder comprender mejor lo que piensa el otro”, a diferencia de “los ‘80s, pues, [donde] eso casi no se veía. [En ese momento] hacíamos críticas totalmente insensatas, gratuitas muchas veces; por ejemplo, a los rockeros de los ‘60s siempre se les criticó, o siempre criticamos, el hecho de que cantaran en ingles
(6). Estupideces. Si quieren cantar en ingles, que canten. Cuál es el problema. Pero en ese momento para nosotros era un problema. Debe haber un trauma. Nos achorábamos mucho, insultábamos, que por qué cantan en ingles, por qué cantan canciones de otros, por qué no se ponen a componer. Hasta que hablé con Gerardo Manuel, que es un poco el pilar de esa generación de los ‘60s, y su respuesta fue que no sabían componer, pues; entonces, cómo le vas a pedir a alguien que no sabe componer que componga canciones. Bueno, y cantaba canciones de los Beatles nada más, y ese tipo de cosas ha ido asfaltando un poco el camino (7)”.

A lo anterior se añade, el funesto tránsito generado por el plano político-social de los ‘80s, donde “hubo un crisol” de actitudes. Desde la perspectiva del F, éste generó, por un lado, que “el artista, de pronto, se vuelv[a] un peleador social, entonces llega a asumir una postura ya no tanto estética ni de colores o sabores, sino ya en la calle
(8), y eso es lo que ha pasado con alguna gente, no, que dejó un poco las plumas o las guitarras y se fueron a hacer otras cosas”. Además, menciona la incoherencia de aquéllos que a “los cinco vientos están ahí propugnando una cosa revolucionaria cuando [están] borrachines, no, y nada; de eso está llena la ciudad de Lima”.

Y, por otro lado, completando aquel collage del espíritu de época, agrega que entonces se evidenciaban algunas actitudes de vida como “la injusticia y la indolencia” en aquella “gente [a la] que no le importa el dolor de los demás”. Cierta molestia desasosegada se evidencia en el F al recordar que “lo que se vivía en los ‘80s no era con ellos. La gente hacia su vida normal y hablaba de eso como si fuera una cosa lejana, como si fuera en Paquistán”.

Posteriormente, al haberse frustrado la edificación de la utopía social en los aciagos ‘80s, se ha originado una insensibilidad dependiente al sistema hegemónico (neoliberalismo), de prácticas disimuladas
(9). Pero el carácter revulsivo del arte, advierte el F, manifiesta una espiritualidad que lucha por alejarse de aquél: “yo creo en la música, creo en el arte. Yo creo que la música es capaz —tanto como el arte— de despertar sensibilidades, de poder despertar la sensibilidad dormida que tiene la gente, ahorita, que está alejada, totalmente, en un limbo ideológico, en un limbo al que nos a empujado el sistema desde hace muchos años, sin capacidad de lucha. Entonces, yo creo que [con Leusemia] apuntamos hacia eso, hacia una cuestión espiritual si quieres, no”, menciona.


AFINANDO EL CÍRCULO

El oficio de hacer música, al que él llama “ocio constructivo”, es una corriente de lucidez interiorizada (disciplina) que ordena las pulsiones según ciertos paradigmas (música de alto “calibre”), y, a su vez, éstos al ser recreados consolidan al ser en el nítido transcurrir del tiempo: “Yo vivo de esto, paro todo el tiempo con música y [a la vez] planifico mi vida, y esa libertad [ocio constructivo] es la que me brinda el poder trabajar de esta manera: ahondando en música totalmente discordante, estrambótica y aparatosa, no, con orquestas, sin muchos instrumentos [tanto en Leusemia y como solista]. Ya puedo hacer eso, cosa que no podía hacer en los ‘80s, y, que al final, es un reencontrarse conmigo cuando yo tenía 10 años, o sea, cuando tenía 10, 12 años escuchaba solamente música progresiva, jazz y música clásica, de ese tipo, de ese calibre”. El F está por ultimar su equipaje, constituido de un dominio solvente para ejecutar registros musicales que consolidarán su calidad creativa: “algún día lo voy a hacer, quiero hacer obras mucho más complejas, y cuando llegue a hacer eso simplemente se va a redondear todo el círculo y voy a reencontrarme con el niño que quedó en los ‘70s”, añade.

Le menciono que la música y la poesía se entrecruzan en una compacta unidad irreductible en su quehacer; pero él distingue que no tienen una relación recíproca: “Siempre he hecho un deslinde. Yo no sé por qué me han invitado a encuentros de poesía, siempre digo: ‛me llega al pincho la poesía, sé muy poco de poesía’. Lo que pasa es que yo he crecido escuchando canciones, hay gente que también lo llama poesía; por ejemplo, la de Bod Dylan, Bruce Springsteen que son poesías urbanas, pero yo nunca lo he visto así, porque yo leo poesía urbana y es otra cosa. Leo a Antonin Artaud, puedo leerte a Verlaine, pero nada que ver con lo que puedan decirme los cantores de rock. Lo veo con otro vuelo. Yo leo Tom Waits, el más grande compositor de los últimos tiempos, y es tremendo, son canciones, lo leo y !son canciones!; en cambio, leo a Vallejo y es poesía, entonces es bien distinto. Por ahí que la gente de poesía pueda apreciar a ciertos cantores, ya es otro asunto; que al igual que ciertos cantores puedan apreciar a ciertos poetas, pero de ahí a que sean lo mismo, no. Siempre lo he puesto en tela de duda”.


INASIBLE HORIZONTE

La rock y las fusiones que le acometen generan en el Perú una “escena bastante variopinta”, un “arco iris bastante colorido” y aquello lo “llena mucho”, le ocasiona acendrada satisfacción, le “gusta ¡un montónnn!, porque acá no hay industria, entonces como no hay industria la gente no se preocupa por hacer un disco que se venda ni está preocupada por las modas, ni está preocupada por que la pasen por radio, ni está preocupada por que una empresa los contrate. Como no hay industria, hacen la música que les da la gana. Hacen música muy libre. Todos los grupos locaaazos, hacen música raraaaza. Hay como 30 grupos que hacen música raraza; el resto de bandas que hacen punk, harcore son [creaciones] más predecibles, no; y de hecho que tengo que sentir un pequeño murmullo por haber sido uno de los que cimentaron todo esta escena paralela
(10)”, menciona. Dicha escena debiera, de igual modo, generar un circuito de producción y distribución, al respecto señala: “Me gustaría estar al frente de una pequeña discográfica (11) y poder producir grupos, tanto ejecutivamente como musicalmente, y, de hecho, me iría a provincias, a todos lados, y cualquier grupo bacán, pum, me lo traigo a Lima”. Pero al no tener “ningún horizonte”, al ser “un tipo que no tiene metas, nada”; imposibilita que se aúna a desarrollar aquel circuito discográfico alterno, quizás “si fuese más pilas, ésa hubiese sido una de las metas”. Además, precisa: “yo estoy contento con lo que tengo ahora, con lo que he hecho antes y todo. Yo sólo tengo mi honestidad, mi poca voz y mi ocio constructivo (12), fuera de eso no tengo absolutamente nada, y estoy muy contento con eso”, concluye.

La tarde se perfila tenue. El concierto por su cercanía, en el que compartirá escenario con Rafo Ráez, se acentúa; antes de aquél, con ella iremos a recalar brevemente en una ingrávida escala. En la puerta, de pasada le digo, en tono festivo: “cuándo harás un taller de poesía”; reímos jóvenes al despedirnos.


Notas


(1) Pseudónimo de Daniel Augusto Valdivia Fernández, compositor, guitarrista e interprete que conformó —junto a Kimba Bilis, su hermano, y Leo Scoria— la banda Leusemia, que hizo su debut en La Caverna (1983), ubicada en el jirón Moquegua del centro de Lima; tras la disolución temporal de la banda en el 85, se inicia como solista con varios álbumes en formato cassette (Kursiles Romanzas, entre otros). Posteriormente, en paralelo a Leusemia, graba su primer CD titulado Memorias desde Vesania (2002), al que seguirían otros.
(2) “Canto por ti” pertenece al álbum titulado Al final de la calle - Los sótanos de la angustia (2000).
(3) Ese sonido poderoso que le es característico a su primer y único Lp titulado Leusemia contrasta con “Gatos de bronce” (2000), canción que emite rasgos mansos: “[…] Se mueve suave y habla despacito. / Su sonrisa me obliga a correr, / mientras ella colorea mis pasos cada vez. / Con su sombra me enseña un baile / y unos versos sobre gatos de bronce. / Con su voz se me olvida hasta el nombre… otra vez […]”.
(4) Del álbum titulado A la mierda lo demás (asesinando al mito), 1995, grabación que señala el retorno de la banda, con nuevos integrantes que se suman a los anteriores, en el bar barranquino Sargento Pimienta.
(5) Del mismo modo, comenta sobre lo desarrollado como solista: “Yo sigo mirando todo con sorpresa, el hecho que vaya a un sitio y un teatro se replete, con un solo tipo cantando con su guitarra, ya ése es un cambio. Es una cosa que me da, pues, risa. Me causa sorpresa, porque en principio yo no me la creo. Vengo a cantar como cualquier hijo de vecino y de pronto tengo esos recibimientos, igual cuando sale un disco”; y, del mismo modo, relata sobre la línea de práctica en el devenir de Leusemia: “pero básicamente estamos trabajando exactamente igual. Estamos en el mismo circuito. Nos movemos de la misma forma. Somos totalmente informales, sino no somos amateurs es porque nos están pagando por tocar”.
(6) En los ‘60s, los rockeros, mas no todos, buscaban diferenciarse de los Nueva Oleros, y aquello explica, en parte, porqué interpretaban y componían en la lengua de la legendaria banda de Liverpool; por el contrario, Los Saicos compusieron “Demolición”: “Tatatatatatatatayayayaya. ⁄ Echemos abajo la estación del tren, / echemos abajo la estación del tren. ⁄ Demoler, demoler, demoler, demoler […]”, afiebrado, rabioso, anárquico ritmo al que Leusemia homenajea a través de un cover en 1995.
(7) El F contrasta a Leusemia con algunas bandas de la escena paralela y, señala, la relación de éstas con las formalidades del mercado y con las nuevas tecnologías que permiten difundir en forma distinta la música, sin llegar a negar la capacidad de aquéllas para crear: “Poner un tema en la radio, poner un video clip, esas cosas nunca hemos hecho. Son pocos los músicos, las agrupaciones, que tienen esa suerte y esa dicha de poder, de pronto, verse en todos lados, no, y poder darse, a su vez, una oportunidad de vida”, al entender “la música como trabajo y como experiencia sensorial”, esto último ilumina la ruta del F y le deja una tranquilidad que se visibiliza.
(8) En el centro de Lima está ubicado el jirón Quilca, en el que se ha producido una remodelación del espacio público originada por la Municipalidad de Lima, y a pesar de ello continúa siendo un escenario contracultural donde las artes irrumpen en sus distintas manifestaciones.
(9) En relación a ello, Leusemia hace del arte una fuerza comunicante y desinhibidora en “El asesino de la ilusión” (1995), ritmo que trasluce una enrebelada sensibilidad crítica que germinó al conocerse la desaparición de personas en Barrios Altos (1991) y La Cantuta (1992), hechos acontecidos en el gobierno de Fujimori: “[…] las tardes de muertos eclipsan el bar / los deudos callaran su rabia y todo es / por ti. / Pagando las noches de fusilamientos / gente desaparecerá... / ¿en dónde están? […]”; más adelante, con justa indignación advierte: “tu sombra evitaré, tu nombre escupiré”. Finalmente, refiere con veracidad: “Te encubrirás en un disfraz, / harás tu gesto más mordaz, / toda la insensibilidad del asesino de la ilusión. // Un criminal en un diván. / Un criminal en un sedán. / El asesino de la ilusión, del amor”.
(10) Al respecto, en reconocimiento a la trayectoria de la banda, el 2003 se graba un disco titulado Tributo a Leusemia: 1983-2003, en el que participan distintos artistas; y a través del libro Los sumergidos pasos del amor (Editores Martínez Compañon, 2007) el F da cuenta de la movida del rock subte desde los sesenta hasta lo más reciente.
(11) Acerca del fenómeno informal de producción él señala las paradojas del mismo: “Estoy muy contento que no haya industria por el lado de la música, porque la música se está desarrollando, pero por lo mismo que no hay industria los grupos hacen un disco y desaparecen. No hay quien los masifique. No hay quien los distribuya. No hay quien les dé de comer”.
(12) Estado que le permitirá elaborar música con el mismo deleite con el que la escuchaba en los ‘70s, así lo señala líneas atrás.

Publicado en Mítica 3. Revista de Artes y Letras. Arequipa: marzo 2008.