martes, 24 de noviembre de 2009

"Danza finita" de Stanley Vega

Danza finita. Lima: Hipocampo Editores, 2009, 52 pág.


Por Miguel Ildefonso

En Soliloquio de las hojas (2003) Stanley Vega exploró las posibilidades semánticas de la poesía. La materia del papel fue espacio y laberinto de aquella lúdica performance verbal. Como miembro de las nuevas tendencias postmodernas de la poesía, aquella heredera de Góngora, Mallarmé, Paz y Eielson, se enfrentó al silencio de la palabra y al vacío de la existencia. Ahora nos entrega Danza finita (2009), poesía minimalista, escéptica (aquí encontramos a E. M. Cioran y a Thomas Bernhard cargando una mochila), donde aparentemente no hay ninguna esperanza para el hombre. Así como Orfeo volteó la mirada al salir del Infierno y por ello perdió a Eurídice, así hemos perdido hoy el significado de las palabras, su sentido, su poder, su magia, su amor. Pero es justamente allí donde radica la divina humildad de la poesía; en ese “inútil” amor, en esa “vana” fe, de unos cuantos posesos que, como Stanley, nos entregan sin esperar nada. Escribir poesía es la única utopía que nos queda, para no dejar de ser humanos, para no volver a Auswitch, para no volver a perder a Eurídice en aquel silencio inerte. Danza finita es ese último viaje que hacemos cuando ya han cerrado todos los bares, cuando ya se ha bebido de todo y las gentes pasan como fantasmas a la luz del día. Sólo el corazón, entonces, sigue bailando. Y esta es la finita danza.

Poemas:


3

Un desierto se abre
entre nuestros pechos.
Pronto llegará la noche
y las arenas de nuestras almas
comenzarán a agitarse
en turbulento lenguaje.



6

Sólo hay luz para inventar
nuestros pasos.
No vuelvas los ojos
hacia atrás.
La oscuridad te tragará.



8

Observar la manera
en que el viento
desviste poco a poco
tu cuerpo
y cómo esa flor
apetecible
tiernamente
cae
hacia el césped
oscuro
de mi sexo.


12

A través de tu vientre
deseo llegar a la noche.
Y caminar en silencio,
sin nadie en rededor.
Con la única sensación
de tener tu mano entre la mía.

No hay comentarios: