lunes, 13 de noviembre de 2006

CARLOS OLIVA

Por Miguel Ildefonso

Cuando Carlos Oliva decía de sí mismo, en la primera parte del testimonio que abre el poemario que dejó armado, Lima o el largo camino de la desesperación, que era "el poeta de la leyenda negra" o el "poeta-demonio-ángel en estado de pura rebelión" o que era "realmente, auténticamente, un marginal, un maldito", "el último mito del siglo", no hacía sino parodiar a los poetas que él admiraba. Llámese Baudelaire, Rimbaud o Allen Ginsberg. Hablando de sí mismo en tercera persona, parodiando a aquellos sus íconos, su honestidad poética, su lucidez creativa, se reafirmaba en esa ruta oscura pero llena de iluminaciones, se sumía más en aquel largo camino -si bien trazado por el sacrificio o la inmolación- empujado por la auténtica rebeldía inclaudicable que ostenta todo verdadero creador.En la segunda parte de ese testimonio prologal, se responde él mismo, con la misma parodia que apenas oculta su sencillez: "Es cierto que en mi vida he cometido demasiados excesos y tal vez gran parte de lo que se habla de mí sea verdad, pero también creo que uno es libre de hacer lo que mejor le parezca sin tener que ser cuestionado por los demás. Yo pretendo mantener mi privacidad y no me gusta que husmeen en ella. Pero también creo que han exagerado mucho al hacer comentarios sobre mi vida." Más adelante dice: "No creo haber escrito mi mejor poesía. Creo que poco a poco voy madurando para producir lo mejor de mí."Cito estas sus palabras para destacar, aparte de su poesía, los aspectos personales que me impresionaron de Carlos Oliva. El sentido lúdico y humorístico, que demostraba una inteligencia clara, por un lado. El respeto y el saberse ubicar con humildad en la tradición poética de los contestatarios o ángeles rebeldes. Esa humildad que con lucidez le hace ver a todo verdadero creador hasta sus propias limitaciones, pero a su vez, le clarifica su horizonte para poder seguir desarrollando una auténtica obra de arte. Humildad poética que se transforma en genialidad para avizorar el futuro, y parodiarlo, así como Carlos Oliva, al enfatizar su disgusto cuando husmean su privacidad o cuando se la exagera.La limpieza de su mente le hizo distinguir entre el Oliva poeta-ángel-demonio y el Oliva de carne y hueso, como queda claro en aquel testimonio prologal. Esos excesos, que también me llamaron la atención, quizás sobrepasaron a su voluntad de separar ambos aspectos de su personalidad. Pero más creo que fueron aquellas fuerzas irracionales que están bajo el motor de la poesía. Lo decía en sus poemas, lo anunciaba, nos lo advertía. Eros y Tánatos, luz y decadencia, purificación y final de la noche. El fuego que iluminaba el largo camino terminó por juntarlos. Y solo después de la noche podemos ver ahora que el fuego de su poesía fue más que el de la ciudad, que el de la noche de esos años iniciales del noventa que le tocó vivir, que nos tocó vivir, en la mancha de Neón que se acabó porque él dejó el grupo. Porque además sabía que ahí estarían esos poetas que lo estaban acompañando, algo más jóvenes que él, que veían en él ese fuego demasiado llameante, y a los que él sonreía como un niño delgado y alto, pero no con miedo.Ese valor para ser un auténtico poeta, para lograr en solitario, como decía Luis Hernández, esa soñada coherencia, es otra de las cosas que pude ver en él. Y todo ello siempre está presente en mí, y sé que será así hasta el final de la noche o hasta el final del día, cuando el último poema sea la tranquilidad de haber hecho, a pesar de los errores o caídas, algo bueno y duradero para los demás.

28 de septiembre

en la foto: Carlos Oliva

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