lunes, 26 de enero de 2009

Todo el mundo te ama cuando estás muerto (1)


Por Miguel Barreda (2)

Yo la miro y ella me mira con sus miles de ojos y quizás tenga en la conciencia miles de imágenes mías o una sola descompuesta en miles de fragmentos. Una granada que estalla. Pienso en los pedazos de vidrio que se me incrustaron en los brazos cuando corría con una botella de cerveza para mi padre y tropecé. Es extraño pensar en eso ahora. Es extraño pensar en cualquier cosa ahora, sentado en esta dura silla de madera, el trasero duro como una manzana a punto de ser triturada. Hace horas que no me levanto. Presiento que al hacerlo unas manos invisibles me tirarán hacia el suelo y quedaré al mismo nivel que mi moral, mientras el frasco de Valium flota en el ambiente, lejos del alcance de mis manos.

La mosca despega, revolotea, se cansa pronto y vuelve al mismo lugar en la pared, como si fuera el accesorio desmontable de un aparato frío y llano sin utilidad conocida; mas cualquier cosa puede convertirse en un aparato para matar. Un teléfono me resulta más peligroso que una ametralladora; mata en voz baja. (Ya no recuerdo las palabras, pero todas tuvieron el mismo sentido, todas fueron maniobras concéntricas en torno a un solo propósito).

Hay una mancha en la pared, allí donde la mosca siempre regresa. Debe ser la huella de algún grito que di en la oscuridad anoche, cuando apagué la luz convencido de que iba a poder dormir, o la salpicadura de alguna bebida. Para cerciorarme le doy un lengüetazo a la pared. Es algo dulce. La mosca ha volado al acercar yo mi cabeza, mis miles de cabezas, y se ha posado sobre la mesa, cerca de las miles de cartas que quiero escribir. La pared tiembla, se derrumba sobre mí, pero yo permanezco sentado, con la cabeza intacta, tan sólo atravesada por una lanza que no quiero saber quién ha tirado. Mi propia cabeza es una bala de cañón que ha matado a unos niños alineados delante de una escuela; es un hueso esférico chamuscado con tres orificios distribuidos sin orden ni sistema; es un conventillo de muchas puertas, por una de las cuales se ha escabullido mi razón para encerrarse en un lugar donde nadie la vea llorar o ha salido a la calle cuando pasaba un camión cargado de plátanos. Dentro de mí duerme un pero flaco; ¿cómo puedo estar corriendo ahora por un callejón perseguido por un ejército de carniceros, gritando que tengo miedo, sin moverme de aquí?

¿Cómo puedo estar aquí percibiendo el vacío y no en un lugar excento de cualquier definición? Pienso en ella, o en él, ya no recuerdo el sexo de mi amante; sólo recuerdo que ya no estuvo. No me dejó, sencillamente se fue, pero no obstante me siento como un huevo olvidado en el nido a medio incubar. ¿Y ahora qué? ¿Salir a la calle porque el encierro sólo hace menos soportables estas sensaciones? No sé si pueda.

Mi sangre también se lamenta por estar encerrada en mis venas. No sé si pueda, me digo, y para entonces ya estoy en la avenida. Los autos pasan a toda velocidad. Sopla el viento, me tambaleo. Me tiemblan las piernas, me tiembla la conciencia. Mi razón ha empacado sus cosas y se ha marchado en un tren. La carne es débil, la razón lo es más. Cruzo la avenida y oigo el chirrido de unos frenos y los peores insultos que jamás he oído contra mi madre. Eso me reconforta, es saludable oírlos ahora que casi había perdido todo interés por mi origen. Es el paso hacia atrás antes de. Los insultos me persiguen hasta la vereda de enfrente.
Unos chicos amontonados en una esquina me han visto y se ríen. Me señalan con esas manos que sostienen botellas de ron y se ríen. Me acerco a ellos y me ofrecen un trago que no acepto. Se burlan de mí y yo me voy hacia una calle oscura. Tengo miles de piernas y puedo andar con rapidez, aunque la mosca no esté aquí; antes de salir la aplasté contra la pared.

Por un instante me siento tranquilo, no me inquieta la idea de ser acechado por gente que quiera asaltarme; sin embargo he llegado a otra calle antes de que me den alcance, tengo miles de pies, y en la esquina hay un policía que exhibe su espalda para que alguien pruebe en ella su puntería. ¿Por qué me mira de soslayo? ¿Por qué pienso que la mejor manera de despedirse es dándose la espalda para no descubrir en los ojos del otro, de la otra, el menor indicio de desear un reencuentro y para sólo tener que enfrentarse al camino?

Apoyado en una baranda, ahora lejos de allí y sin el menor deseo de saber cómo he llegado a este lugar. Lo que veo allá abajo son las vías del tren –mi razón se ha marchado en uno– y no un río como hubiera deseado para que mi escupitajo fuera arrastrado por la corriente; mi escupitajo resonó al caer y ahora brilla más que los mismos rieles con el resplandor de las luces de la fábrica aledaña donde los obreros pierden su tiempo ajustando tuercas o dando martillazos, martillazos en mi cabeza, mis miles de cabezas y miles de fábricas ahora, porque las lágrimas multiplican la visión, las visiones, y ahora sé que nadie me ve, sé que ha despertado ese perro que dormía en mí y sé que voy a estar muerto cuando haya pasado el próximo tren y yo haya dejado de llorar.


(1) Relato merecedor del primer premio del concurso "El cuento de las mil palabras" de la revista Caretas, 1987.
(2) Lima, 1967. En 1984 viaja a Alemania, donde estudia Lengua y literatura germánica y románica en la Universidad de Münster. De 1990 a 1996 estudia dirección de cine en la Academia Alemana de Cine y TV de Berlín, Alemania. Desde 1997 trabaja como autor y director independiente para cine y televisión. Ha realizado 15 cortometrajes de ficción y documentales, y el largometraje Y si te vi, no me acuerdo (2001).

2 comentarios:

Oscar Fernando dijo...

No recuerdo las veces que he leido este formidable cuento. Conservo el recorte de la revista y pienso que en algún momento ya no lo tendré por el desgaste al desdoblarlo. Innumerables las lecturas que he realizado de él y siempre lo termino con el mismo impacto de la primera vez. Siempre he creído que Miguel Barreda debió seguir escribiendo. Sin embargo, creo que en cualquier momento nos sorprenderá nuevamente el aliento poetico de su prosa.

Kasafia dijo...

ooOOHhh ...!!! yo conocerlo pero no sabia que escribia tan bien... no sabia que escribia ... ummm s_o_p_r_e_n_d_i_d_a...

Saludos